LOS DESVELOS DEL DOXÓGRAFO

La tradición doxográfica consistía en recopilar, de diversas maneras, las opiniones de terceros autores.
¿Es posible otra escritura?
En la historia, los nombres y las fechas son circunstanciales, mojones arbitrarios y consuelo de nuestras íntimas aspiraciones. Un nombre y una fecha no son más que una ilusión, que nos permite velarnos, espejarnos en el otro. Tal vez, para ocultar y evidenciar que no somos más que objetos tallados con la inmaterialidad de la palabra; objetos de sentido incierto, aunque a veces verosímil.
Somos hablados, decimos lo dicho. En el mejor de los casos armamos, con unas cuentas coloridas y los espejos que nos circundan, un universo de probabilidades imposible de explorar en una vida.
Sin embargo, hablamos. Nos hacemos a la mar en pos de Las Molucas demostrando que el encuentro, la metáfora, no es más que un accidente imprescindible.
La metáfora, multiplicadora de sentidos, siempre necesita del otro, que se los otorga. Se es dicho, bien o mal, pero se es dicho. Construcción colectiva, en la que el destino de cada letra que la forja ha extraviado la causalidad.
Somos meros vectores del lenguaje. Cada quien se las arregla, de alguna manera, con las voces que lo habitan. Todo otro ideal pareciera casi alucinado.

Jorge Pablo Yakoncick.







martes, 3 de diciembre de 2013

POEMA DE BELISARIO, anónimo bizantino

Anónimo, “Poema de Belisario” (1395 - 1450), Poesía Heroica Bizantina, Gredos, Madrid, 2003.













POEMA DE BELISARIO

¡Oh paradoja increíble! ¡Oh enorme desgracia,
inconsolable tristeza, y dolor y amargura!
En tiempo de los romanos, en los días felices
del emperador Justiniano, el gran rey,
vino a instalarse entre ellos una envidia peor que la muerte
-la envidia, que prendiendo en todos desde el principio,
no abandona ni a emperadores ni a príncipes, ni a pobres ni a ricos:
ciudades y castillos han arruinado las habladurías de la gente-,
y por esa envidia desaforada hubo quienes perdieron la vida.
Viva, entonces, cierto varón admirable, valiente y juicioso,
Belisario era su nombre, la gloria de los romanos.
He aquí que el emperador le ordena con vivo deseo:
“Belisario, a ti te digo, atiende mi voz,
atiende el mandato que a día de hoy te confío.
Determina, fíjalo por escrito, haz que trabajen los hombres
y lleva a cabo la ampliación de la ciudad de Constantino;
de modo que cuanto trecho recorre un bravo y fogoso corcel,
tanto así construyas tú en el curso de un año.
Si obras mi voluntad y cumples lo que te he encomendado,
te procuraré honra, dignidad y riquezas,
otendrás de mi persona nobles dispensas
y serás aupado a un solio del palacio”.
Al oír tamaña largueza de parte de su soberano,
se arrodilló y aceptó cumplir su mandato.
Enseguida que hubo transcurrido el año, Belisario
la tuvo construida y terminada, para asombro de muchos.
Pero cuando cobraron conocimiento de su ciencia y ejecución,
así como de la destreza y la celeridad con la que lo había llevado a cabo
-procedía de una humildísima estirpe,
y por ese motivo el pueblo lo glorificaba y exaltaba aún más-
los nobles señores, grandes y pequeños, sintieron envidia de él,
y día tras día, en presencia del emperador, pronunciaban
intrigantes malicias y afrentosas proclamas acerca de Belisario,
y suscitaban celo contra su persona con fin de perderlo.
¡Siempre la envidia corre pareja a los probos embarazándoles el paso!
He aquí, pues, que uno de los príncipes, estirpe de los Paleólogos,
requiere a su emperador con gran osadía
y, debido a sus lazos de sangre, se insolenta con él:
“¡Señor, soberano supremo y emperador del mundo,
esperanza de los necesitados y audacia de los poderosos!
Esto quiero hoy advertirte para que lo sepas de mi boca:
la corona y la diadema se encuentran en manos de Belisario,
la gloria, el poder, la autoridad y las riquezas,
todo ello reposa en él y acabará dándote muerte.
Desea obtener el imperio, desea provocar tu perdición,
y también nos veremos perdidos quienes te somos leales”.
El emperador, al oírlo, quedose desencajado y descompuesto,
y, como una fiera salvaje, como un henchido dragón,
o un piélago de aspecto amenazante, les dijo a sus nobles:
“¿Contáis con testigos que prueben tal hecho,
que demuestren que esto es cierto?”
entonces se presentaron Cantacuceno, Ralles, Paleólogo,
Asanes y también Láscaris, Canano y Ducas,
y levantaron un falso testimonio contra Belisario.
¡Oh envidia, ruina de fortalezas, enemiga de la Romania!
Ciudades y plazas fuertes, hombres leales, sabios y valerosos
y generales romanos se vieron perdidos por mor de la envidia,
cayeron poderosos baluartes y fueron diezmadas las villas.
El emperador, no obstante, se mostró magnánimo
debido al gran aprecio que sentía por él,
y, cursada la orden, le confinaron en la Torre de Anemas,
tras vendarle los ojos con una venda dorada.
Los ministros y el magnífico emperador le fijaron la venda
estrechamente y del modo más firme y seguro.
Durante tres años permaneció recluido en la torre,
totalmente fuera de sí, desdichado, a ciegas y aherrojado,
mas a sus envidiosos no les bastaba tal condena,
sino que buscaban a toda costa procurarle la muerte
para destruir por completo al gran Belisario.
¿Qué sucedió entonces en la ciudad de Constantino?
He aquí que un día de aquellos, a medianoche,
llegaron, sobrevinieron unas noticias fatales,
terribles y desastrosas, una catástrofe para la romania,
pues por mar y por tierra, una enorme y pujante armada
había conquistado las ciudadelas y villas de Constantinopla,
las había abatido, capturado y destruido íntegramente.
El emperador, cuando oyó esto, probó una acerba punzada
que le empujaba a la destrucción y al aniquilamiento.
A causa de su amargura, tres días estuvo
sin gustar ni un pedazo de pan ni un sorbo de bebida.
De este modo, en el intervalo de medio año,
el emperador armó setenta bajeles,
además de otros treinta procedentes de Tesalónica;
reunió galeras y lanchones, embarcaciones sin cuento,
bravos y aguerridos varones, soldados probados en combate,
armas de muy alto precio y jóvenes aguerridos,
así como excelentes capitanes de angelical apariencia,
formando una escuadra descomunal y potente, como jamás hubo otra.
Nobles e infanzones se unieron a la flota:
habrías admirado la infinita algazara y el inmenso boato
de los arrogantes soldados, lozanos, audaces y valerosos.
Por más que pondere lo que cuento, no miento en lo que escribo:
petirrojos y halcones eran los marineros de estas naves.
Más he aquí que nadie sabía quién capitanearía la flota.
Así pues, el emperador ordenó que todos se reunieran,
que sus nobles se congregaran en el palacio.
Una multitud de ellos acudió al interior,
y el emperador, dirigiéndose a sus señores, les dijo:
“¡Nobles, parientes cercanos, compatriotas y extranjeros!
Ha llegado la hora de que obremos con diligencia,
pues quien se muestra solícito, con la ayuda del Altísimo
obtiene esperanza, honor, blasón y riqueza.
Decídeme, pues, dadme un consejo en lo que atañe a esta armada;
decidme, deliberad sin que nadie disimule su parecer:
¿a quién hemos de nombrar comandante en jefe de la expedición?
Deberá ser un gran hombre, juicioso y probado en lo tocante
a sus hechos y a su valor, y a la hora de rendir cuentas,
comedido en sus palabras, y honesto y valiente.
Decidme, pues, dadme un consejo sin atender a intereses particulares”.
Mas he aquí que ninguno de los nobles manifestaba su preferencia,
pues cada cual albergaba la esperanza de obtener tal honor.
Entonces, la muchedumbre, vuelta hacia el emperador, le gritó:
“¡Soberano, soberano supremo, señor de nuestros días,
sol de la Romania, fuerza de los cristianos!
¡En primer lugar confiamos en Dios, en segundo lugar, en el emperador,
y en tercer lugar en Belisario; tomémosle, pues, como caudillo,
si es que deseas que logremos derrotar a nuestros enemigos.
El pueblo entero –gritaban- lo reclama porque le tiene un gran amor
y desea que Belisario esté al frente de la armada”.
Soy incapaz de narraros con detalle, ni de palabra, ni por escrito,
las proezas que el gran Belisario había obrado
en sus expediciones y en sus batallas contra persas y sacarrenos.
Había sido un hombre muy afortunado, pero, sobre todo, un valiente,
leal, juiciosísimo y victorioso soldado.
El admirable emperador, cuando oyó que el pueblo
Reclamaba con vehemencia al gran Belisario,
vio aumentada todavía su sospecha de que era inocente,
y ordenó que lo condujeran de inmediato a palacio.
Cuando llegaron, lo presentaron ante el emperador
con aquella venda dorada que le cubría los ojos:
tres años había permanecido a ciegas en el interior de la torre.
Y el emperador le dijo con gran gozo a Belisario:
“¡Queridísimo Belisario, mi más leal amigo,
predilecto de los romanos, has sufrido a causa de la envidia!
¡Gracias doy al Altísimo de que hayas escapado de la muerte!
Inclínate para que te suelte las ligaduras y deshaga tus grilletes;
que el honor, la franqueza y la gloria de la que antes gozabas
te la restituiré doblemente como deudo mío que eres”.
Y esto es lo que el gran Belisario le contestó a su emperador:
“¡Magnífico emperador, fuerza de los romanos,
jamás he menoscabado tu imperio con palabra ninguna,

mas la envidia me ha precipitado injustamente a la muerte!

Cuentas con excelentes señores, nobles y valerosos;
ordena, pues, que sean ellos quienes se pongan al frente y actúen;
y, en cuanto a mí, oh emperador, permite que permanezca a ciegas”.
A su vez el emperador le respondió a Belisario:
“Quiero que desde este día ejecutes mi mandato.
No eludas, pues, lo que te ordeno y pon fin a tus palabras”.
De modo que, enlazándose fuertemente las manos, se echó a tierra
para besar primero el suelo y luego sus botas.
El gran emperador en persona fue en persona a aflojarle la venda.
¡Tres años había estado Belisario a ciegas y encerrado!
Al punto, el soberano le ordenó que acudiera a la flota,
capitán grande y temible como era, para que obrara a su antojo.
Así, tras despedirse del emperador según procedía,
las naves zarparon con gran aparato.
Habían salido un quince de marzo y surcaron mar adentro.
Conquistaron muchos castillos y saquearon ciudades,
ocasionaron grandes quebrantos y mortífera presa,
derramaron sangre sin tasa, diezmaron las villas
e hicieron prisioneros en cantidad infinita.
Finalmente llegaron a una plaza fuerte, a la isla de Inglaterra,
allí donde habitaban los enemigos de Constantinopla.
En breve expondré lo que entonces aconteció.
He aquí que Belisario, el gran general, ordenó
que se pregonara la siguiente proclama:
“Cuando vosotros veáis que hago u obro una cosa,
tal cosa quiero que tal cosa la hagáis como yo;
que si alguien no se comporta a mi modo y se opone a mi mandato,
ése, así como los que compartan su parecer, serán ajusticiados”.
Llegados a la costa, arrastraron fuera las naves,
Y, entonces, el magno y victorioso capitán de la escuadra ordenó
que sacaran armas y remos de las embarcaciones,
y que no dejaran a bordo ningún aparejo, ni ligero, ni pesado.
Los nobles, ya fueran grandes o pequeños, se maravillaban
del arrojo y de la audacia de Belisario,
y una vez que hubieron sacado todas las jarcias de las embarcaciones,
mandó que prendieran fuego a las velas y que quemaran la flota;
de modo que no quedó ninguna sin arder.
Belisario entonces convocó a todos a una junta,
a todos, pequeños y grandes, para que expusieran su parecer,
y discutieran en el consejo cómo procede y cómo maniobrar
para vencer y someter a los enemigos.
He aquí que el gran Belisario, la gloria de los romanos,
tomó la palabra y se dirigió a sus señores:
“¡Señores, atended hoy todos y mirad bien!
Os ruego y os pido, cual si fuera vuestro hermano de sangre,
que luchéis bravamente, como hombres de honor,
con valor y maestría, celosa y denodadamente,
pues si hay alguien que se amilane, que de media vuelta y huya,
ya puede ser el hijo del emperador, que le pondré en el palo.
Pero si alguien sale animoso y con la intención de obrar hazañas,
a ése le cubriré de honor, de gloria y de riquezas,
y mi alma lo estimará como mi propio hermano.
Por esto es por lo que he quemado las naves, por eso las he destruido,
bien para que nosotros sometamos toda Inglaterra,
bien para que sucumbamos todos juntos sin que nadie se libre”.
Más he aquí que uno de los nobles se dirigió a Belisario
también él un capitán distinguido, y le replicó ardidamente:
“¡No obraste como un buen soldado cuando quemaste las naves!”
Y el gran Belisario, cuando oyó sus palabras,
lo hizo apresar al instante y lo puso en el palo.
Temblaron ante Belisario, pero lo amaban más todavía.
Se adueño de las fortalezas y de la gente de aquella isla,
y se enseñoreó de todo cuanto la rodeaba.
Sin embargo era incapaz de tomar su principal baluarte,
pues era enorme y temible, poderoso e inexpugnable.
Gran quebranto había ocasionado la plaza de Inglaterra,
pues en ella habían caído nobles señores, varones romanos,
nobles infanzones en busca de gloria;
gran desventura habían sufrido por ambos bandos.
¡Y por la hermosa verdad, os juro que no miento,
pues si hubieran contado con naves para huir a bordo de ellas,
si se hubieran fiado a la flota para salir en desbandada,
habrían regresado fracasados y con un gran baldón!
Mas como no tenían modo de escapar, se aprestaron para la muerte.
Insisten, redoblan su embate y reanudan la guerra
presentando batalla cual fieras salvajes,
y por ambas facciones perecía una multitud de soldados.
Construyen escalas de madera para asaltar el castillo,
y van mordiendo con sus espadas, bañándose en sangre;
los guerreros descolgaban sus cuerpos al asalto de la fortaleza.
El primero en pisar el castillo de Inglaterra
tenía por nombre Alexio, y el segundo Petralifas,
hombres del pueblo, de modestos orígenes,
gentes sin varas de mando, desamparados y de condición humilde,
pues no se trataba de Asanes, ni de Paleólogos.
Hermanos de madre los dos, esforzados guerreros,
a fuer de las heridas que recibieron,
acabaron tomando y conquistando la ciudadela, para contento suyo
y para gran alegría del resto, ya fueran grandes o pequeños.
Entonces, el juicioso y gran Belisario ordenó
que llevaran ante él a los hermanos Alexio y Petralifas,
aquellos que habían sido los primeros en asaltar el castillo,
aquellos que habían colgado su pabellón en la torre,
aquellos que habían colmado a todos de honor y de gloria.
A instancias de Belisario, les montaron sobre dos grandes corceles
con sillas tachonadas de oro y preciosos ropajes,
y les pasearon por el castillo entre los vítores de la gente,
recibiendo mucha riqueza, abundante y sin tasa.
Finalmente los condujeron a presencia de Belisario.
El general, tomando unos áureos e inestimables ropajes,
con el cuello y los ribetes engastados de perlas y zafiros,
fue a ponérselos en persona, el gran Belisario.
Asimismo les hizo entre de riquezas en cantidad infinita,
les brindó honores y dignidades y les concedió el título de señores.
Y he aquí que Belisario proclamó por todas las fortalezas
que construyeran cien naves y el número de galeras que antes tenían,
y que las tuvieran acabadas y puestas a flote en tan sólo dos meses.
¿A qué ser prolijo? Cuando la escuadra fue terminada
sacaron los barcos a navegar aprestados de jarcias,
cargados de un grandioso e infinito botín y un sinnúmero de prisioneros.
Habían capturado y prendido a caudillos señalados.
De este modo, subieron a su ilustre rey a los bajeles,
y a sus poderosos señores y a sus nobles ministros
los subieron a las embarcaciones atados por el cuello.
Asimismo, Belisario dispuso que algunos de sus capitanes,
hombres juiciosos y probados, se quedasen en Inglaterra
para dotar de un buen gobierno al lugar
e impartieran justicia sin que nadie sufriera ningún menoscabo.
Luego, poniéndose en marcha, emprendió el camino de regreso.
Las naves zarparon con gran aparato,
iban cargadas de inmensas riquezas y de multitud de cautivos.
Navegaron hasta arribar a la isla de Mitilene,
donde ,tras fondear, descansaron y se recrearon grandemente.
Volvieron a zarpar y continuaron su viaje.
A eso de la medianoche llegaron a la Ciudad.
El veinte de septiembre recalaron en Contoscali
y, como atacaron sin estrépito, algunos no se enteraron
hasta que hubo salido el sol y hubo avanzado el día.
Al amanecer cogieron sus instrumentos de sones guerreros:
trompetas, violas, pífanos, tambores, timbales
y muchos otros hermosísimos instrumentos que poseían.
¡No había allí ningún alma que no se mostrara feliz y exultante
ante el admirable festejo que entonces se organizó!
Tan grande era el júbilo y tanta la algarabía,
que los montes, los cerros y los peñascos se conmovían y retumbaban.
Se dirigieron, pues, a la ciudad de Constantino con gran majestad,
iban blandiendo sus admirables cetros de resplandeciente oro,
así como unos estandartes recamados y engalanados con áureas sonajas.
Todas las naves avanzaban dispuestas en hilera,
y en la distancia aclamaban como con justicia se merecían
al emperador, a la emperatriz y al gran Belisario.
Entonces el insigne soberano ordenó que extendieran damascos,
sedas, tapices y paños para que descendiera Belisario
y su corcel paseara por ellos camino a palacio.
Así pues, desembarcaron a caballo tres mil capitanes,
y en medio de ellos marchaba gloriosamente Belisario,
con gran majestad y espléndido adorno.
Descabalgado que hubo, entrón en el palacio,
besó por tres veces el suelo y, luego, a su emperador,
así como las botas de éste en señal de homenaje.
Gozose el monarca y lo recibió con gran agasajo.
Después levantaron un arco admirable para que el rey pasara
en compañía, os digo, de los nobles de Inglaterra
que había capturado el gran Belisario.
He aquí que aquel rey tan temible fue conducido ante el emperador
en compañía, os digo, de los nobles de Inglaterra.
Piedras preciosas, oro y argento,
muchas e incalculables riquezas y no poco dinero
llevaron ante el emperador, y él, al verlas, quedose admirado,
y al contemplar tan enorme fortuna se alegró grandemente.
Y el emperador, debido al admirable gozo que le embargaba
-no pensaba ni en la pitanza ni en el reposo-
se pasaba todo el tiempo al lado de Belisario,
el día entero y su noche, sin separarse de él ni un solo instante.
De este modo, cuando los nobles repararon en la gran confianza
y el inmenso cariño que el soberano,
el gran emperador, le profesaba a Belisario,
redoblaron su cizaña, redoblaron su inquina,
redoblaron su malicia, redoblaron su envidia.
He aquí pues que los nobles fueron a hablar con su emperador;
Asanes y Láscaris, también Cantacuceno,
Ducas, Astras, Canano y Diplovatatz,
Paleólogo, Príncipe, Frantzes y Leontario,
Ralles y Primicerio, así como Contostefanes,
todos tomaron la palabra para acusar a Belisario:
“Has de saber, supremo señor y fuerza de los romanos,
que antes de pasen tres días habrás perdido tu imperio
y Belisario será emperador de la ciudad de Constantino.
El pueblo entero ama y desea a Belisario,
lo venera y se inclina más ante él que ante tu soberanía,
y si tú, oh emperador, no procuras su ruina, si no le das muerte,
en breve podrás contemplar la tuya propia,
pues día tras día se afanan y maquinan en torno a ella”.
El emperador, al oír esto, se turbó y se puso fuera de sí,
y todo el cariño que antes le profesaba a Belisario,
lo trocó en odio y rabia contra su persona.
La lealtad y la obediencia de Belisario
en modo alguno las consideró el gran emperador:
en lugar de honras, una recompensa funesta, enemistad infinita.
¿Qué ocurrió entonces al gran Belisario,
a aquel Belisario, la gloria de los romanos,
a aquel temible, admirable, sabio y excelso varón?
¿Qué os podría contar? En lo tocante a la prudencia no había otro como él:
afortunado, ecuánime y leal, la gloria de los romanos.
Él jamás había intrigado contra su emperador,
ni su mente jamás le había movido a deslealtad o a traición;
antes bien, como el soldado feliz y afortunado triunfador que era,
había sojuzgado ciudades y fortalezas en nombre de Constantinopla
para mayor honra de su rey y de la estirpe de los romanos.
Como recompensa, en lugar de rendirle honores, ordenó que lo prendieran.
Así pues, le ataron las manos a las espaldas en señal de desprecio
y le condujeron en presencia del emperador.
Entonces, a una orden suya, lo cegaron al instante;
amarga, profunda y tormentosamente, lo cegaron delante de él.
Los romanos lo sintieron como una desgracia enorme y funesta,
y todos, grandes y pequeños, le lloraron abundantemente:
y en Constantinopla se elevó un inmenso lamento.
Lo habían cegado de improviso, para que nadie lo supiera,
no fuera que al enterarse el común, se produjera una revuelta.
Sin embargo, una acción tan inicua no podía quedar oculta,
pues con la misma intensidad que amaban la luz del día,
tanto así querían todos al gran Belisario.
De este modo, cuando los ciudadanos se enteraron, cuando lo supieron,
promovieron el tumulto, la revuelta y la vorágine,
y, espada en mano, salieron todos en busca de Belisario.
Salieron, pues, y ciego se lo encontraron en la Puerta de Oro.
El pueblo entero, grandes y pequeños, lloraba y se lamentaba;
lloraba también él con el pueblo, golpeándose el pecho.
Larguísimos días pasó lamentándose a solas:
¿dónde está ahora el honor, la riqueza, la gloria, la pujanza
y el admirable esplendor que adornaron a Belisario?
Todo eso acabó, cesó, desapareció en un suspiro.
Se lamentaba y gemía, pasaba sus días solo y en recogimiento,
Se hospedaba en ese ilustre, imperial y gran monasterio
que llaman del Pantocrátor, vecino al de los Santos Apóstoles.
Allí, el admirable y gran Belisario
suspiraba, se golpeaba y se arrancaba los cabellos,
lloraba y bramaba dando quejidos, pues no lo podía soportar.
De haberlo sabido antes, de haberlo figurado,
habría usurpado el Imperio de los romanos.
Sin embargo, jamás habría querido obrar de esa forma,
ni habría podido abrigar en su mente tal ambición.
Así pues, en virtud de su desazón y de su angustia,
le brotaron del corazón estas punzantes y enardecidas palabras:
“Si hubiera traído ruina y quebranto al Imperio,
si me hubiera mostrado intrigante, si hubiera sido un traidor,
justo sería mi tormento, y nadie se apenaría por ello.
Pero si el emperador ha actuado contra mí movido por la envidia
y  sin tomar en consideración mi honradez y mi lealtad,
entonces, al Juez temible, el Soberano supremo,
a Él confío estos hechos para que sea Él quien los juzgue”.
Mas he aquí que, transcurrido un año desde aquel día,
sobrevinieron unas noticias funestas y adversas:
los persas, los sarracenos desolaban la Romania.
Un ingente y nutrido ejército de infantes y caballeros
había conquistado fortalezas y villas destruyéndolas por completo,
aniquilando y trayendo el exterminio a la estirpe de los romanos.
Al cabo, el emperador ordenó que se armara un ejército
y se reuniera para salir en expedición contra Persia;
así los romanos presentarían batalla a los sarracenos.
Convocaron, pues, a una incontable multitud de jinetes
y a infantes sin tasa, hasta trescientos mil,
venidos de poniente y de Occidente, soldados de a pie y caballeros.
Una vez que estuvieron reunidos y prestos para la partida,
emplearon un mes en trazar el plan de campaña.
Mas el pueblo, insatisfecho con las resoluciones que proponían,
reclamó e invocó la presencia del gran Belisario
con el fin de que fuera él quien trazara el plan de campaña.
Entonces Belisario dirigiose a los nobles:
“¡Señores, gobernadores, y vosotros, compañeros de armas;
dejadme a mí, miserable y malogrado como estoy:
el tiempo me encumbró, me cubrió de honores,
hasta que vino a humillarme la envidia de los romanos!”
-No en vano había gozado de jerarquía de majestad y de honores
en los tiempos en que el emperador le honraba sentado en su solio-.
Mas he aquí que uno de sus ministros, un anciano de noble cuna,
un varón allegado al imperio, notable y juicioso en grado sumo,
amonestó a su emperador sermoneándole airadamente,
y con ínfulas de juez le lanzó este reproche:
“¡Soberano, magno emperador, cetro de los romanos!
Tu mando es ecuánime; no obres, pues, injusticias.
El pueblo entero siente un desmedido amor por tu imperio.
Pero tus nobles, movidos por la envidia, han cometido una tropelía,
y por ello has causado la ruina de un fiel, excelso y valiente caudillo.
Mas ahora me atrevo a pedirte una cosa apelando a tu soberanía:
comoquiera que Belisario cuenta con un audaz vástago,
favorécele y hónrale a él en lugar de a su padre;
de esta manera su progenitor encontrará en ello algo de consuelo
y hallará cierto alivio a la desgracia que le ha sido dado contemplar,
(de paso tu señores volverán a ganar confianza y arrojo)
pues, no en vano, él te sirvió lealmente y te procuró riquezas y honras”.
Al punto ordenó el emperador que condujeran al hijo,
al vástago de Belisario, al palacio imperial.
Temblole el corazón ante la idea de que fueran a hacer con él
lo que hicieron con su padre, y, por ello, se le mudó el semblante.
El hijo de Belisario se llamaba Alexio,
y Alexio fue conducido al interior del palacio.
El emperador le hizo sentarse en el sitial de su padre,
y tras rendirle honor y homenaje, le entregó grandes riquezas
y le dio el título de césar a la cabeza de su ejército,
así como el de gran general y señor honorable.
Todo el conjunto del pueblo le quería y le amaba,
le daba las gracias como el gran soldado que era,
y a la vez le apreciaban en virtud de su soberano,
pero, sobre todo, en virtud de su padre, el gran Belisario.
De este modo, el padre adoctrinó y habló a su hijo
y le dio consejos e instrucciones para el plan de la campaña.
¡Bravos consejos le dio, como mostró el desenlace!
Entonces Alexio, el gran césar,
enlazó fuertemente sus manos, con dignidad, como procedía,
y se arrodilló reverencialmente junto con su esposa,
para, a continuación, despedirse de su padre y de su madre.
He aquí que emprendieron la marcha; las huestes avanzaban
con alboroto, tumulto y gran aparato.
Y del mismo modo que el sol cuando brilla en lo alto del cielo,
así relucía el ejército al desplegarse sobre la tierra.
Durante cuarenta días estuvieron cabalgando con gran denuedo
y picando espuelas a sus palafrenes hasta reventarlos,
pero por fin llegaron a Persia, la patria de los sarracenos
-eran tres las jornadas de distancia que mediaba
entre los persas sarracenos y la estirpe de los romanos-.
Se toparon entonces con una avanzada de cuarenta mil guerreros;
se trataba de la avanzada de los persas contra una guarnición de romanos,
la cual provocó entre ellos tan gran degüello que ninguno quedó salvo.
Cuando el rey de Persia lo oyó, cuando cobró conocimiento
de que había perdido por completo a la flor y nata de su ejército,
cayó preso de una pena infinita y se amedrentó ante tales mesnadas.
Así pues, despachó numerosas embajadas al gran césar
por medio de un juicioso dignatario, a cargo de inmensas riquezas.
He aquí que envió trescientas mulas cargadas de ricas preseas,
paños preciosos, oro, sedas y damascos,
además de treinta libras de oro cuyo pago habría de renovar cada año
si deponían su furia y se retiraban.
Eso hicieron, después de haber contenido y sojuzgado a los persas.
Retirose, pues, el ejército de los romanos,
llevándose un gran botín, grandes riquezas y muchos cautivos.
Soy prolijo en el relato y con frecuencia me voy por las ramas,
así que volvamos, pues, al asunto del principio,
pues muchos son los desmanes que cometieron los romanos
-los cometieron, los cometen y volverán a llevarlos a cabo.
Pero Dios es juez ecuánime que castiga y destruye,
reprende a los injustos y ensalza a los justos,
pues, no en vano, en Dios está la justicia, no creas que en ningún otro-.
He aquí que todos se enteraron, se pudo oír por doquier,
que el temible y gran Belisario,
a aquel victorioso soldado, a ese varón esforzado, la gloria de los romanos,
su emperador lo había hecho cegar para inmenso solaz de sus enemigos,
todos los cuales lo celebraron sin reserva.
De este modo, vinieron a rendirle pleitesía al magnífico emperador
y a conocer a Belisario, a aquel varón admirable,
a contemplar la condición a la que lo había rebajado su gran soberano.
Así pues, un día de aquellos, a media mañana,
llegaron, como iba diciendo, grandes príncipes y embajadores
cargados de riquezas, con la intención de ver al emperador
y para ver de qué forma había sido cegado Belisario,
pues aunque habían tenido noticias del hecho, no se lo creían, no daban crédito.
Por su parte, el admirable monarca los recibió con agasajo,
noble y honorablemente, como manda la ocasión.
Entonces, el magnífico emperador ordenó que sus nobles,
tanto los pequeños como los grandes, se reunieran en el palacio
y permanecieran allí deferentemente con sus trajes de gala
pues los príncipes extranjeros iban a contemplar su persona.
¡Cómo contaros, cómo describiros, cómo narraros
el admirable esplendor que se adueñó del palacio!
Por todas partes había dispuestos áureos adornos,
cortinas recamadas en oro, perlas y ricas preseas
y para el emperador habían tejido un pabellón dorado,
un dosel enjoyado de dijes y alhajas.
Los nobles, vestidos con sus trajes de gala, estaban en círculo,
y en el centro, en su trono y bajo el palio, se sentaba el monarca,
como el espléndido emperador que era, rutilante entre joyas.
A la derecha del soberano y también a su izquierda
se encontraban dos jóvenes de veinte años de edad:
¿qué mente podría describir los ropajes
de los dos mozos que flanqueaban el trono
a derecha y a izquierda del emperador?
Cuando los nobles embajadores fueron llamados,
acudieron a postrarse ante el magnífico emperador.
Treinta de ellos portaban en lo alto de sus cabezas
unas fuentes de oro repletas de ducados;
otros treinta cargaban sobre sus hombros
unos tejidos de hermosa y resplandeciente seda bordados en oro;
y había aún otros doce que llevaban otras tantas vasijas
colmadas de rutilantes piedras preciosas y perlas
para entregárselas al emperador como inestimable presente.
El emperador, recibiéndoles con gran agasajo,
solicitó a los embajadores que se sentaran en unos valiosos asientos.
Mas he aquí que los nobles comenzaron a preguntarse entre sí:
“¿Quién de estos es Belisario, ese señalado varón
que ha sometido ciudades y fortalezas, la gloria de los romanos?
Sabemos de oídas que es muy leal al Imperio”.
En ese momento, Belisario se acercó hasta el centro de la sala;
en una mano llevaba la escudilla de las limosnas,
y en la otra mano portaba un bastón.
Se paseaba entre aquellos nobles señores,
ante el emperador y ante los embajadores,
pronunciando entre lágrimas palabras que inflamaban el corazón:
“Poned a Belisario un óbolo en su escudilla,
que la envidia de los romanos me redujo a esta condición.
Poned a Belisario un óbolo (en su escudilla),
a quien el tiempo encumbró y la envidia ha cegado”.
Los nobles señores miraban, contemplaban y observaban
al gran Belisario, presos de una increíble extrañeza;
se estremecían los príncipes, temblaban, no alcanzaban a comprender
cómo de una forma tan inicua le habían destruido y cegado.
Belisario lo había hecho de cara al emperador,
para que probara ante aquella insigne embajada
censura y baldón, deshonra y reproche.
Así pues, comenzó a pasearse de nuevo escudilla en mano,
y, entre lamentos y suspiros, les iba diciendo a los nobles señores:
“Poned a Belisario un óbolo (en su escudilla),
a quien el tiempo encumbró y la envidia ha cegado”.
Los capitostes, al oír sus palabras, lloraron y se entristecieron,
Censuraron e hicieron reproches al magnífico emperador.
Marcháronse, pues, los magníficos embajadores,
después de que el emperador les despidiera obsequiosamente.
Pero en cuanto partieron, aquellos señores difundieron por el mundo
la forma en que Belisario, el gran vencedor,
a aquel varón de tanto juicio y tan leal al Imperio,
al general de los romanos, su gran campeón,
el emperador y su corte le habían destruido por mor de la envidia.
El mundo entero se alegró y grandemente se gozaron
todos cuantos estaban en guerra con Constantinopla.
Pero nosotros contamos con los libros de los sabios y de los oradores,
de los antiguos filósofos y de los grandes maestros,
narraciones puestas por escrito con las más exactas palabras,
que nos han transmitido estas cosas para adoctrinarnos
y para que todos conozcan la envidia de los romanos;
cómo acabaron perdiendo del todo tanto sus castillos y villas,
como su riqueza y su libertad por mor de su desmesurada envidia.
¿Ves hijo mío, el duelo que la envidia trae al mundo?
Emprendieron la caída y no encuentran la forma de detenerse,
y precipitan tras ellos la estirpe de los romanos.
Yo les hablo como el inculto que soy, lego en cosas de letras,
pero quiero comunicaros la compunción de esta sospecha
-¡Quiera Dios, soberano del Cielo, que yo me equivoque!-
la ralea de los agarenos acabará devorando el mundo,
a romanos y a serbios y válacos, a húngaros también latinos.
De incuria adolecen los romanos, de envidia mucha y grande,
en cambio, sierva de un solo amo y muy esforzada es la estirpe de los agarenos,
rinden culto a un solo Dios, y tiemblan ante un solo dueño,
y profesan hacia su caudillo una inclinación y una lealtad admirable.
Nunca tal lealtad entre los romanos, nunca un solo señor,

pues nunca podrán ver a los hombres honestos recuperando su honra.

lunes, 25 de noviembre de 2013

Poemas de Lu Ki, China, s. III

Lu Ki (261-303): Poesía China, Cía. Gral. Fabril Editora, Bs. As., 1960.














CANCIÓN DEL SOLDADO

¡Duro es ser enviado a la guerra lejana!
Se está errante, disperso en los cuatro confines;
al sur, has de subir las cumbres escarpadas;
al norte, has de velar sobre la gran muralla.

Los abismos se extienden, estrechos y profundos,
los montes se levantan abruptos y salvajes.
El ejército marcha como un extenso brazo,
indicando las rutas del desierto de arena.

Has de sufrir la angustia de los calores tórridos,
has de ser asaltado por los vientos helados.
A veces los estíos calcinan los boscajes,
a veces el invierno hiela y cubre torrentes.

Los Hunos a caballo se juntan como nubes,
las banderas del Sur relumbran más que astros,
le ve cómo las flechas tras de las flechas vuelan.
El canto de su paso sin tregua se sucede.

Se come en la mañana sin quitarse las armas,
a la noche se duerme en la lanza apoyado…
¡Qué duro es que te envíen a la lejana guerra,
cuán grande es el dolor que el corazón oprime!


ADIOS ETERNO

No hay camino de vuelta,
se va, y no se vuelve nunca.
Cuantos más años pasen,
el muerto estará más lejos.
No hay ningún camino.
¿A dónde ir a buscarlo?
Los árboles del patio
se deshojan,
las yerbas sobre la tumba
cada día son más ásperas,
Más ásperas.


LA LUNA SE RENUEVA

El hombre vive sólo un instante,
la luna se renueva.
¿Qué haríamos para conservar la plenitud de la vida?
La luna se renueva.
El bien y el mal me siguen, confundidos.
Dentro de cien años, ¿quién de nosotros estará?
Es triste ver cómo los ríos huyen.
El presente se escapa, no podemos seguirlo.
La luna se renueva.
No sirven de socorro ni la virtud ni el renombre.
Eran perfectos los sabios de otros tiempos.
Por todas partes se extendía su fama.
¿En dónde están y en dónde se conserva su nombre?
La luna se renueva.
Es difícil establecer el mérito;
en toda empresa grande es tan común errar…
¿Cómo saberlo si nada sobrevive?
Lleno de pena el sabio suspira,
sólo puede suspirar profundamente.


CANCIÓN

Un viento suave corre el bosque, soplando tenuemente;
las ramas, alargando sus hojas, crean la sombra;
zurean las torcazas, baten alas, se buscan;
a lo lejos, las oropéndolas chillan.
Yo pienso que el tiempo huye y mi corazón se quiebra.
Los soles y las lunas se suceden sin pausa,
toda distancia en un instante se recorre.
Poco a poco los mortales desaparecen;
su brillo es un fulgor, se van y no regresan.
Mi pensamiento sufre sin poder desatarse.

Antes yo era joven, despreocupado, y me asombraba
ver a los hombres apresurarse a gozar los menores momentos.
Me preguntaba: ¿Por qué tan apresurados, qué buscan?
Ahora se que la razón les acompañaba.
Una vez viejos, la edad viril se extingue.

Después de la elevación, es necesaria la caída.
La noche es oscura y sin límites.
¿Cómo no apresurarnos cuando aún tenemos tiempo?
¿Un poco de alegría antes de reposar eternamente?
¿A quién legaríamos los amores que aún no hemos agotado?
El hombre que vive en el mundo busca la calma;
cuando la consigue se alegra.
Pero los caminos del mundo son innumerables y extensos;
las penas se cruzan, los dolores se confunden,
la vejez llega pronto. Suspiremos largamente.


CANCIÓN BREVE

Estoy bebiendo vino en la sala alta.
Mientras bebo, canto tristemente.
La vida humana velozmente huye,
como a la aurora el rocío desaparece.

El tiempo no puede regresar sobre sus pasos,
la flor no puede volver a florecer,
la petunia se muestra en primavera,
la gardenia, en otoño.

Es triste que queden pocos días delante,
es triste haber dejado tantos días atrás.
El presente no me da ya alegría.
Oigo cantar el grillo.

Cuando estamos juntos, ése es mi júbilo;
cuando nos separamos, ésa es mi tristeza.
¿Cómo no penar,
cómo olvidaros nunca?

Aunque el vino sea excelente,
aunque el festín sea exquisito,
termino mi breve canción.

La larga noche no tiene fin.

miércoles, 13 de noviembre de 2013

El arte literario según Lu Ki, poeta chino del siglo III

LU KI (siglo III), “Arte Literaria”, Poesía China, Cía. Gral. Fabril Editora, Bs. As., 1960.



Cuando yo me pongo a examinar las obras de los escritores de talento, me parece que llego a comprender su manera. Hay muchas variedades en el arte de disponer las palabras y utilizar el idioma, puedo llegar a discutir lo que da atractivo a las obras literarias y las calidades que les faltan, así como dar un juicio favorable o desfavorable sobre lo que estas propiedades arrastran.
Cuando soy yo quien escribe, veo aún mejor este mecanismo. Con frecuencia siento pena al comprobar que mi pensamiento no sigue el tema con facilidad, que las palabras que empleo no agotan mi pensamiento. La dificultad consiste en tal caso no sólo en darse cuenta, sino en tener las facultades necesarias, lo que es más raro.
Apoyándome en esto, he compuesto este poema sobre el arte literario, a fin de exponer en qué consiste la perfección artística de los autores clásicos y poder, al mismo tiempo, examinar las cualidades y defectos de la obra literaria que creamos. De ese modo la posteridad juzgará quién ha sabido penetrar más hondamente las sutilezas de tan difícil arte.
Si se quiere escribir imitando los modelos conocidos, es muy simple, pero si se busca la forma personal propia, encontramos lo difícil que resulta traducir la personalidad en palabras. Por lo tanto, he querido reunir en este poema todo aquello de lo cual se puede hablar.
A fin de obtener un conjunto y poder mirar a lo lejos, el poeta despierta su sentimiento y su voluntad, ayudándose con las obras clásicas. Así sigue la sucesión de las cuatro estaciones, suspirando ante su fuga, contempla la naturaleza y sueña en su confusa multitud de seres; cuando llega el poderoso otoño, se entristece ante la caída de las hojas y, con la primavera perfumada, exulta ante sus tiernos brotes.
Se vuelve su corazón respetuoso y deferente; acaricia su pureza, parecida a la escarcha; sus pensamientos se tornan elevados y vastos, alcanzando las nubes. Ve cómo cantan las grandezas y el brillo de las virtudes de su tiempo, celebrando el perfume transparente de las virtudes de los hombres de antaño. Así yerra entre el estilo y la abundancia de los clásicos, alabando el acorde armonioso entre tema y estilo que hay en las obras elegantes y perfectas. Entonces, preso de un generoso impulso, abandona los libros y toma el pincel para traducir su inspiración en palabras.
Antes de comenzar, se recoge en sí mismo, mirándose y escuchándose interiormente; se abandona a su intimidad y se desvive por interrogar su pensamiento. Recorre su alma los confines del mundo, mientras su corazón planea a diez mil pies de altura. Al fin, su espíritu comienza a manifestarse cada vez más y más brillantemente; su tema es más claro y preciso. Entonces, agotando la quintaesencia de todos los escritos antiguos, se impregna en el perfume de las obras canónicas. Así su alma flota sobre el abismo del cielo y se sumerge en las profundidades de las fuentes subterráneas.
En ese momento, las palabras profundas aparecen penosamente, como esos peces vagabundos colgados del anzuelo que sacamos de la hondura del abismo enorme; los adornos literarios del estilo llegan palpitantes como las aves que vuelan altas en el viento y a las que se hace regresar con un cordón atado a una flecha, precipitándose de las nubes.
El poeta concierta las expresiones no usadas por cien generaciones de autores y junta las rimas que omitieron los poetas en miles de años transcurridos; renuncia a las flores de la mañana; como ya están muy vistas, hace estallar los capullos de la noche, porque aún no han sido abiertos. En un instante, junta el pasado al presente y de una mirada abraza los confines del mundo.
Seguidamente elige los términos según el sentido, los clasifica por su valor, fija las palabras y embellece el orden. Deja en la luz lo que tiene posibilidad de brillar, hace que vibre todo lo que es susceptible de emitir un sonido armonioso. Tan pronto desciende a lo largo de la rama para ordenar las hojas, como remonta la corriente para buscar el venero. A veces, al partir de una base oculta, llega resultados satisfactorios; otras veces, buscando lo fácil, alcanza lo difícil. Realza su estilo como tigre que cambia su piel, lo doma como se domestica un animal, lo levanta con el fulgor de un dragón, lo mece como un pájaro flotando entre las olas. Tan pronto encuentra pensamientos justos y seguros, fáciles de expresar, como tropieza con escollos que le impiden encontrar lo que busca.
Ha agotado la pureza de su corazón para concentrar su pensamiento, medita cuidadosamente, y únicamente luego formula su discurso. Entonces encierra el cielo y la tierra que describe y hace que la naturaleza toda se pliegue a su pincel. Al principio, duda y no avanza, se le seca la boca; al fin, deja correr abiertamente su pincel húmedo. La razón sostiene el tema de la composición formando un tronco; el estilo se suspende en ramificaciones, floreciéndolo. No hay ninguna divergencia entre su sentimiento interior y la forma exterior de expresión; el menor cambio aparecería en la superficie. Si el autor piensa en la alegría que siente, está seguro de echarse a reír; si está en el punto de hablar de la aflicción, está seguro de suspirar. Tan pronto agarra con precipitación las tablillas como detiene el avance de su pincel.
¡Ah, la alegría que se siente creando fue la que más apreciaron los sabios de otros tiempos! El autor escruta el vacío y la nada y encuentra la existencia, examina el silencio y le arranca sonidos. Hace caber la inmensidad en una hoja y brotar la perfección universal de un corazón que sólo mide un puño. Amplía la palabra que se torna colmada y vasta, la ordena y la vuelve aún más profunda. Despide su perfume como una planta cargada de flores olorosas y crea una abundancia perfecta, parecida a un boscaje de ramas verdeantes. Es como un viento puro que sopla en torbellino, como cúmulos de nubes voladoras alzándose.
Las formas presentan diez mil variedades, sin medida común a los demás seres. Todo es desbordante y desbordado; no se podrían clasificar las apariencias ni los aspectos regulares. El autor busca en el vocabulario los materiales que necesita para sus ideas como buen obrero que toma lo preciso. Se esfuerza por triar entre lo que es y lo que no es, examinando lo más profundo y lo que no lo es tanto; huyendo de las fórmulas rutinarias, trata de agotar todos los aspectos y utilizar todas las apariencias. Utiliza la profusión para halagar los ojos, pero guarda la preocupación de la medida para satisfacer el alma. No debe dar impresión de escasez agotando el vocabulario; su forma ha de ser amplia, sin sufrir restricciones.
La poesía se apoya sobre sentimientos; es rica y sonora. El poema en prosa da cuerpo a lo que describe: es limpio y ancho. La inscripción sobre la estela debe ornamentar el estilo, pero ser sincera. El elogio fúnebre ha de ser afectuoso y lleno de dolor. La inscripción será amplia en cuanto a tema, pero sucinta por su estilo, fina y elegante. La amonestación es de estilo fluctuante, pero sus intenciones deben ser puras y sus términos vigorosos. El elogio debe tener facilidad y distinción. La disertación será minuciosa y perspicaz, clara y bien desarrollada; el informe al trono, sereno y firme, guardando así las conveniencias; el discurso, brillante y lleno de artificios.
Aunque la diferencia entre los géneros sea tan grande, todos deben evitar la licencia y restringir la extravagancia. Lo esencial es tener una palabra expresiva, un pensamiento justo y bien desarrollado. He ahí por lo cual todo lo que es largo y confuso no sirve de nada.
En su conjunto, la composición debe tener mucha gracia y variedad, tanta como son de numerosos sus géneros. Sin embargo, todos tiene como fin principal poner en primer término el sentimiento que inspira el tema; el papel de la palabra es realzar su belleza.
Cuando los sonidos diversos cambian, sucediéndose, es como si los colores se manifestasen uno después de otros. Pero sin la armonía de la obra, los períodos y las pausas no se siguen en un plan riguroso, la obra parece frustrada y su lectura se hace difícil.
Si el autor ordena bien sus períodos y conoce el arte de ensamblarlos, seguirle es tan fácil como sacar agua de un manantial. Pero si pierde la continuidad y descuida la armonía, parece que el fin ha sido colocado al comienzo. Cuando se turba la sucesión regular de los colores, la obra entera se vuelve confusa y mate.
Algunos autores se salen del tema en las primeras frases; otros desbordan al terminar, en los últimos párrafos. En los unos la elocución parece falsa aunque la idea sea conforme a la razón; en los otros la elocución es honesta, pero el fondo del pensamiento es falso. En ambos casos existen los elementos de una obra de arte, pero tal como se presentan son defectuosos. Conviene medir las calidades con un cuidado extremo y determinar lo que se conserva y lo que se elimina con toda precisión. Entonces, si una obra está trabajada según las buenas reglas, si su trazado es regular como una línea trazada a cordel, su redacción puede quedar definitiva.
Algunas veces el estilo es abundante y rico en razonamientos, pero la obra no alcanza su fin: por lo tanto es falsa. No hay dos maneras diferentes de agotar un tema: una vez que este es tratado a fondo, nada más se le puede añadir.
Hallar palabras decisivas y colocarlas en los lugares importantes de una composición literaria es conseguir el látigo que estimula al caballo. Aunque todas las frases estén bien ordenadas, será necesario el látigo para que la obra tenga mérito. Pero para que el mérito sea grande hay que usar la moderación, deteniéndose en lo elegido sin añadir lo superfluo.
A veces, un pasaje es armonioso como pieza de seda recamada, su pureza brilla de un resplandor supremo. Sus colores cambiantes son como bordados multicolores y elegantes,  su emoción vibra más que las cuerdas numerosas de una orquesta. Pero si el autor no se aparta en nada de los modelos que imita, llega a una identidad involuntaria con las composiciones de otros tiempos. Así un pasaje, aunque hermosamente tejido de sentimientos profundos, es de temer que otros ya le hayan precedido. Desde el momento que ello ofende la probidad del escritor y choca a la justicia, aunque lo sienta, necesariamente debe suprimirlo.
Otras veces sucede que un pasaje se abre como una flor, se yergue como la punta de una espiga, se aparta del resto de la obra, pareciendo romper su estructura. Esa forma no puede ser sostenida a todo lo largo del poema; su sonoridad será difícil conservarla. Se eleva solitaria en sí misma; no es trama de sonoridades comunes. Su pensamiento no encuentra par igual, es continuarlo, se eleva libremente y permanece inasible.
Las montañas reciben el resplandor que hace brotar sobre ellas el jade escondido en las rocas; los ríos se embellecen con las perlas que el agua guarda en sus entrañas; los arbustos no deben ser abatidos, pues su verdor unido puede tener encanto. Yo considero que reunir en una obra pasajes ordinarios y trozos excepcionales sirve para realzar el resplandor de aquella.
Algunas veces emplea la palabra únicamente para un breve canto; su obra se alza solitaria sobre una rama pobre. Si observamos, vemos que todo es tranquilo y silencioso, pero ninguna simpatía le acompaña. Si se dirigen los ojos hacia el pasado, todo es vasto y vacío, no se continúa la obra de nadie. Una obra así se parece a una cuerda aislada sobre un instrumento musical: tendrá en ella las posibilidades del canto, pero nadie vendrá a responderla.
Podrán otros emplear su talento en obras apresuradas. La belleza de su discurso será vana, adolecerá de brillantez. Mezclará en un solo cuerpo lo bueno y lo malo, y aunque mezcle materiales preciosos, no producirá más que obras defectuosas. Su composición recordará el sonido de las flautas que se tocan en las salas de fiestas; su sonido es tan precipitado, que aunque algún instrumento quisiera responderle, jamás conseguirían formar una armonía.
Hay poeta que descuida la razón para buscar la excentricidad y se dedica a desarrollar ideas huecas, a perseguir detalles ínfimos. Sus palabras no tienen sentimiento, carecen de emoción; su discurso flota y no se puede estabilizar. Su composición es semejante a una cuerda pulsada un punto y deslizada rápidamente. Aunque fuese armonioso el sonido, carecería de emoción.
Otro deja correr libremente su estilo para seguir el gusto común. Busca el ruido y la confusión, es pródigo en adornos literarios. Así regocija vanamente los ojos y se acerca a lo vulgar; aunque produzca sonidos elevados, su melodía es baja. Hace pensar en una música perversa; aunque emocione su obra, le falta continencia.
Otro producirá una obra pura, sobria y contenida, negándose toda repetición, suprimiendo todo lo superfluo. Pero será como un caldo sin gusto agradable; recordará los sonidos agudos y flotantes de la guitarra antigua. Hasta si comunica emoción, hasta si tiene dignidad, el poema carecerá de encanto.
Si, por el contrario, el autor sabe distribuir la abundancia y la economía, si hace sucederse la elevación y la sencillez transformándolas en arte justo, entonces los artificios del estilo producirán sutiles efectos. A veces las palabras parecerán sin malicia, pero la alusión será diestra; otras veces la alocución será viva, pero el pensamiento refinado. A veces el autor retomará los temas antiguos, pero sabrá darles aire nuevo; otras, tomará modelos imperfectos, transformándolos en obras perfectas. Examinará a fondo cuanto pretenda escribir y presentará lo examinado bajo una forma definitiva. Del mismo modo que el bailarín evoluciona siguiendo la música y agita sus mangas, aquel que canta sigue las cuerdas del instrumento que le acompaña desgranando sus sonidos. Es éste un arte que no se puede explicar con palabras, no es algo cuya esencia pueda fijarse con las vanas palabras.
Yo quisiera desde lo más profundo de mi corazón extender universalmente las reglas y leyes del estilo literario. Los escritores se esfuerzan por rectificar constantemente los errores del juicio del mundo, examinando lo que las obras de antaño encierran de calidades, pues aunque estén dotadas de afinada perspicacia y recto espíritu, corren riesgo de ser la irrisión de los ignorantes.
Sin embargo, la belleza de las palabras, los modelos de estilo pulido y elegante son fáciles de contemplar como el jade, tan fáciles como encontrar semillas en la llanura. Estas cualidades son inagotables como el soplo del aliento de una fragua, por el cual pasa el mismo viento que llena el espacio entre el cielo y la tierra.
A pesar de eso, si el mundo produce profusamente obras de arte, las buena ¡ay!, no podrían llenarnos el cuenco de las manos. Me da lástima que teniendo los modelos tan cerca, no sepan servirse de ellos, y que las buenas palabras encuentren tan difícilmente seguidores. A eso se debe que las obras progresen con incoherencia, las breves músicas en las cuales los pasajes vulgares vienen a completar el conjunto.
Entonces el autor siente con frecuencia fastidio al terminar su obra. Aunque sea vanidoso y suficiente, no llega a estar satisfecho. Si se rompe un vaso de barro, únicamente podemos recibir barro; el jade sonoro parece que se burla.
Por el contrario, cuando el autor está inspirado, su emoción se manifiesta, llegando a penetrar en aquello que estaba oculto. Cuando llega la inspiración, nada podría detenerla; cuando se va, nadie es capaz de sujetarla. Cuando huye, es como una sombra que se desvanece; cuando se manifiesta, es como una armonía resonante. Todas las facultades del alma funcionan a la perfección, ágilmente. ¿Qué caos no llegaríamos entonces a ordenar? Las ideas en tromba se levantan de nuestro corazón, las palabras brotan de la fuente de nuestros labios. La obra llega rica, total, presurosa; no tenemos más que dejar resbalar el pincel sobre la seda. La belleza del estilo llena nuestros ojos; la pura armonía, nuestros oídos.
Después, cuando la inspiración se aleja, quedan nuestros sentidos atrofiados e inmóviles; aunque queramos seguir, el genio reposa. Entonces nos quedamos inmóviles como madera seca, secos como un lecho de río sin caudal. El autor se vuelve hacia el interior de su alma para escrutar lo que es difícil conocer; busca concentrar la esencia pura de su espíritu para reencontrarse. Pero las nociones oscuras se vuelven cada vez más impenetrables; el pensamiento se produce lentamente, es como si a la fuerza lo arrancáramos.
Por lo tanto, ya puede un autor agotar todo su arte; lo que produzca sólo le causará fastidios. A veces, deja correr libremente su pensamiento, y su obra se aparta menos de la perfección. Todo esto se produce en el interior de nosotros mismos, y, sin embargo, no son cosas de las cuales podemos disponer a voluntad. He aquí por qué un autor muchas veces se lamenta, apretando sus manos contra su pecho vacío. Nadie encontró aún las causas por las que estamos inspirados o dejamos de estarlo.
Si ahora quisiéramos hablar de la utilidad de la literatura, comprobaríamos que sirve para expresar eficientemente todos nuestros pensamientos. La expresión literaria puede recorrer lenguas sin encontrar obstáculos, atravesar cien siglos, y servirá lo mismo de modelo. Elevándonos hacia el pasado, contemplamos en ella la imagen de los hombres que fueron; inclinándonos sobre el porvenir, legamos con ella un modelo a las generaciones futuras.

La literatura sostiene las artes civiles y militares cuando están a punto de derrumbarse, propaga el deseo y la gloria de la virtud, sin jamás dejar de brotar. Su paso no conoce nada tan lejano que ella no pueda volver próximo; su razonamiento no conoce nada tan sutil que ella no pueda explicar. Su acción es tan benéfica como la de las nubes y el agua; simboliza la transformación de los demonios y espíritus de la naturaleza. Sus producciones recubren los bronces y las piedras, derrama la virtud, es perpetuada por la música y contribuye a la renovación moral constante del mundo humano.