LOS DESVELOS DEL DOXÓGRAFO

La tradición doxográfica consistía en recopilar, de diversas maneras, las opiniones de terceros autores.
¿Es posible otra escritura?
En la historia, los nombres y las fechas son circunstanciales, mojones arbitrarios y consuelo de nuestras íntimas aspiraciones. Un nombre y una fecha no son más que una ilusión, que nos permite velarnos, espejarnos en el otro. Tal vez, para ocultar y evidenciar que no somos más que objetos tallados con la inmaterialidad de la palabra; objetos de sentido incierto, aunque a veces verosímil.
Somos hablados, decimos lo dicho. En el mejor de los casos armamos, con unas cuentas coloridas y los espejos que nos circundan, un universo de probabilidades imposible de explorar en una vida.
Sin embargo, hablamos. Nos hacemos a la mar en pos de Las Molucas demostrando que el encuentro, la metáfora, no es más que un accidente imprescindible.
La metáfora, multiplicadora de sentidos, siempre necesita del otro, que se los otorga. Se es dicho, bien o mal, pero se es dicho. Construcción colectiva, en la que el destino de cada letra que la forja ha extraviado la causalidad.
Somos meros vectores del lenguaje. Cada quien se las arregla, de alguna manera, con las voces que lo habitan. Todo otro ideal pareciera casi alucinado.

Jorge Pablo Yakoncick.







domingo, 6 de junio de 2010

ARISTÓTELES (Estagira, 384 - Eubea, 322 a. C.): la poesía como aprehensión representativa.

“Parece que el origen general de la poesía se debió a dos causas y ambas son de naturaleza humana. La imitación es algo natural para el hombre desde la infancia (y en esto se diferencia de los seres inferiores, pues el hombre tiene gran capacidad para la imitación, y aprende mediante esta habilidad sus primeros conocimientos); además los seres humanos gozan mediante la imitación. La verdad de este segundo punto se muestra por la práctica: muchos objetos que nos resultan penosos en el original nos causan placer cuando los miramos en las imágenes copiadas lo más fielmente posibles, como por ejemplo los animales más repulsivos y los cuerpos muertos.
La razón se encuentra en un hecho preciso: aprender es muy agradable y no sólo para el filósofo, sino también para el resto de los hombres, por mínima que sea su capacidad para ello; todos nos complacemos al observar algunas imágenes porque al mirarlas se aprende de ellas y se razona sobre el sentido de las cosas. Es decir, se aprende lo que cada cosa representa, y aunque uno no haya visto antes el objeto imitado, la obra de arte igual genera placer, no como imitación, sino por la mera ejecución, el color u alguna otra posible razón.
Por ser algo natural al hombre, la imitación así como también el sentido de la armonía y el ritmo (por cierto, los metros son especies de ritmos) a través de su original aptitud, y a través de una serie de mejoramientos progresivos, crearon la poesía a partir de improvisaciones.

Evolución de la poesía

La poesía se dividió rápidamente en dos clases, según las diferencias de carácter personal de los poetas, pues los más serios entre ellos imitan las acciones más nobles y a los hombres más célebres; mientras los de espíritu inferior representaban las acciones de los viles. Éstos últimos compusieron sátiras primero, así como los otros concertaron himnos y encomios (N: el primero, dedicado a una divinidad, el segundo a un humano).
No podemos citar una composición de ese género burlesco de los poetas pre-homéricos, aunque es probable que hubiera muchas. Pero, pueden encontrarse ejemplos, por cierto, desde Homero en adelante, en su obra Margites (N: epopeya cómica que se le atribuía, cuyo protagonista era un necio) y poemas de similar estilo de otros autores. Esta poesía produjo el metro yámbico como algo que era conveniente, por lo cual ahora también se llama yambo a esa poesía, ya que en dicho metro se dicen invectivas unos a otros. Como resultado se obtuvo que algunos poetas antiguos se convirtieron en autores de verso heroico y otros del yámbico.
Así como Homero, no obstante, es el poeta por antonomasia (fue en el estilo serio el mejor de los poetas, y también se destacó mediante el carácter dramático de sus imitaciones) asimismo, fue el primero en bosquejar la comedia al producir no una invectiva dramática, sino un cuadro de lo ridículo.
Así, el Margites guarda relación con la comedia, mientras que la Ilíada y la Odisea tienen analogías con nuestras tragedias.
Una vez surgidas la tragedia y la comedia, los poetas se volcaron a estos tipos de géneros, aquellos que eran poetas de yambos se transformaron en autores de comedias, y los otros que eran épicos se transformaron en autores de tragedias; ya que estos nuevos modos del arte resultaban más solemnes y de mayor aprecio que los anteriores.

Desarrollo de la tragedia

En cuanto a cuestionar si la tragedia ha llegado a su máximo de perfección, tanto en sí misma como en sus representaciones, es un problema para otra investigación. Habiendo comenzado ambas como improvisaciones, la tragedia se originó con los autores de los ditirambos, la comedia con las canciones fálicas, que todavía subsisten como instituciones en algunas de nuestras ciudades. Su crecimiento fue lento, con muchas transformaciones y tras superar varias etapas se detuvo al alcanzar su forma natural y propia.
Esquilo elevó el número de actores de uno a dos, además disminuyó la importancia del coro, e hizo que el diálogo asumiera la misión decisiva en el drama. Sófocles agregó un tercer actor e introdujo la escenografía.
La tragedia se dignificó, se deshizo de argumentos breves y del lenguaje burdo, que se debía al haber nacido de los coros de sátiros (N: constituían el coro de Dioniso), y alcanzó más tarde un tono de dignidad.
Su metro, por otra parte, cambió del tetrámetro trocaico al trímetro yámbico. La razón apra el uso originario del tetrámetro trocaico se debía a que la poesía era satírica y estaba más relacionada con la danza que lo que sucede ahora. A su vez, con la introducción de la parte hablada, la naturaleza misma encontró el metro adecuado. Pues el yambo es el metro más adecuado para la conversación, como se comprueba por el hecho de que muy a menudo caemos en él al dialogar, mientras que resulta raro que hablemos en hexámetros, y esto sólo se da cuando nos alejamos del tono normal de la conversación. Por otro lado está la pluralidad de episodios o actos.
En cuanto a lo restante, los arreglos y el relato de su introducción, démoslo por explicado, pues sería una tarea muy larga revisar a cada uno en detalle”.

Aristóteles, Capítulo IV."Origen y evolución de la poesía y de la tragedia". Poética, GZ, Bs. As., 2005.

jueves, 27 de mayo de 2010

TREJO POR BONDAZ. Concisión, lenguaje y experiencia.

"Lo que me gusta de la poesía de Trejo es la precisión, la concisión con que utiliza las palabras...(Admite que por intermedio de Bayley leyó a Char y por éste aprendió la técnica de la concisión)...
Admiro la conjunción entre esa precisión del lenguaje y su experiencia vivida. Un texto del propio Trejo refleja esta actitud y su personalidad: 'He vivido siempre con esta idea fija/Años súbitos y veloces/días que me miran con un solo ojo/días caminados con un solo pie/diezmados por mi insolencia'... transmite lo que conoce, lo que ha vivido tan intensamente... con humildad y entereza pero no dá concesiones. Su poesía también es así, escribe como vive: 'Ya no tenemos edad/somos los pobres de lujo/la vida es un pasaje de ida solamente.//Sálvese quien quiera.'"(Oscar Bondaz, correspondencia personal).


HABLEMOS DEL LOBO

Solitario en la noche olfatea
Perseguidor de huellas y de tufos

La víctima comparece

Salto
Dentellada
Sangre sobre la nieve
Breve pasión que otro verdugo
Desde lejos
Abolirá de un balazo

El reino de la necesidad no conoce moral


Mario Trejo


"...trata de una poesía de pensamiento. Palabras que conllevan una idea o ideas fundadas en la dialéctica, pensadas desde una intelectualidad responsable" (Oscar Bondaz, ibid).


DOXOGRAFÍA:


HABLANDO DE LOS LOBOS


jauría en movimiento
planifica su estrategia

las víctimas se entregan dóciles
mansedumbre y cobardía anestesiada

agitan el pelo con la brisa en contra
huelen el olor de la sangre
ocultan el color de la sangre

vehemencia y desazón en otros predadores
sin fuerzas que lo habiliten en la escena
mirarán para un costado

la naturaleza de la prepotencia
ocupa su lugar


Oscar Bondaz
..................................................................
Oscar Bondaz nació en Villa Elisa, Entre Ríos, en el año 1954. Reside en Rosario, Santa Fé, desde 1978. Formó parte del grupo literario “El Poeta Manco”. Publicó: “Los Hechos de Dominio Público” (2001) y “El Orejón del Tarro” (2007), ambos en la editora rosarina Ciudad Gótica.

sábado, 8 de mayo de 2010

Aldo Oliva (Rosario, 1927-2000).

El presente poema, compuesto de dos partes, fue originalmente publicado en 1986 por la Subsecretaría de Cultura de la Municipalidad de Rosario, en un libro que lleva el mismo título por nombre y que reune, además, otras secciones. Edición que incluye un trabajo crítico del profesor Roberto Retamoso.
En "ALDO OLIVA. Poesía Completa", también de la E. M. R. (2003), se reorganizan los textos según indicaciones del propio Oliva, estando el prólogo y las notas a cargo de Roberto García.


CÉSAR EN DYRRACHIUM
a Juan José Saer

I. DIÉGESIS A LUCANO

Ya previsto el combate, como dos gladiadores
mirados por los dioses, los Jefes, enfrentadas
las tropas, acamparon sobre cumbres vecinas.
César ha desdeñado combatir los antiguos
bastiones de los griegos, pues, de hoy en más, no quiere
ya deber al buen hado los favores de Marte
sino frente a su yerno. Consumando sus ruegos,
ha invocado la hora, funesta para el mundo,
de arrebatarlo todo por azar; anhela
el golpe del destino que habrá de ensombrecer
una cabeza u otra. Cubriendo las colinas,
en tres marchas, sus huestes y sus insignias todas
desplegó amenazantes, testimoniando entonces
que está siempre dispuesto a la ruina del Lacio.
Cuando ve que su yerno, sin dejarse atraer
a alguna escaramuza para librar combate,
afirma su confianza cerrando sus trincheras,
mueve César su insignia y, escamoteando el paso
por densos matorrales, a toda prisa marcha
sobre la ciudadela del área de Dyrrachium.
Pompeyo, previniendo los controles del mar,
ha copado la altura que el taulantino llama
petra y aloja las murallas de Efira cuyas torres
tan solas bastarían para ponerle abrigo.
Mas, lo que la protege no es obra de la antigua
progenie, el edificio del humano trabajo
que cede fácilmente, pese a su ardua eminencia,
o a las guerras o al paso destructor de los años
sobre todas las cosas. Ningún hierro podría
quebrantar, sin embargo, su defensa: la sede
y la naturaleza del lugar elegido.
Pues, cerrada en su base por la escarpada sima
de enormes arrecifes que vomitan el mar,
a una estrecha colina debe no ser realmente
una isla. Los escollos, terribles a las naves,
sostienen las murallas; los furores del Jónico,
cuando está arrebatado por el Austro implacable,
estremecen los templos y las casas y sube
a las altas techumbres el oleaje espumado.
Una loca esperanza violenta aquí la mente
belicosa de César: cercar al enemigo
diseminado sobre las extensas colinas
y ajeno a la maniobra que se urde desde lejos.
Ha medido las tierras su mirada; sería
-ponderó- fruto exiguo levantar sorpresivos
muros de frágil césped; así, transportó ingentes
rocas de los peñascos y piedras ya arrancadas
de las viejas canteras, las casas de los griegos
y lo que halló, saqueadas sus fortificaciones.
Ni el despiadado ariete, ni de guerra ninguna
máquina arrasadora conmover lograrían
lo que allí se construye. Se fracturan los montes,
y sobre el sitio mismo, por las escarpaduras,
César va conduciendo la marcha de su obra:
abre fosos; trazando la unión de las alturas,
dispone fortalezas coronadas de torres;
en un inmenso abrazo circunda los confines
lejanos, bosques; claros, soledades frondosas;
y en vasto ojeo sus hombres se cierran sobre el paso
de las bestias salvajes (llanos y pasturajes
no hacen falta a Pompeyo: sin salir del circuito
del baluarte de César, desplaza el campamento).
Más de un río aquí surge y allí se pierde, luego
de un curso fatigoso; mas César, extenuado,
en medio de los campos, para pulsar la suma
de su obra, permanece. Que ahora la antigua Fábula
exalte las murallas de Ilión y que con ello
las adscriba a los dioses; que el cerco amurallado,
hecho en débil ladrillo, de Babilonia, admiren
los partos fugitivos: he aquí que todo el ámbito
que va envolviendo el Tigris, todo lo que el Orontes
rápido va ciñendo, las tierras del oriente
provistas por los pueblos de todo el Reino Asirio,
contenerse podrían en esta obra arrebatada
de súbito al tumulto confuso de la guerra.
¡Cuánta labor perdida! Tantas manos podrían
unir Sestos a Abydos y hundir el mar de Frixos
bajo un suelo de tierra; de los extensos reinos
de la cásta de Pélope separar a Corinto
y ahorrar a los navíos los enormes rodeos
del cabo de Malea; sin que fuese otorgado
por la naturaleza, transformar -por su bien-
cualquier lugar del mundo. Se ha unificado el campo
del juego de la guerra. Se nutre aquí la sangre
que va a ser derramada sobre todas las teirras;
aquí están contenidos los futuros desastres
de Tesalia y de Libia. La furia civil hierve
sobre la breve arena. La estructura erigida
ha buralado en principio la atención de Pompeyo:
tal aquél que seguro en los campos cultivados
en medio de Sicania desconoce el ladrido
de los rabiosos Pélores, o, cuando agitadas
por la errabunda Tetis las playas rutupinas,
el estruendo oleaje escapa a los britanos
de Caledonia céntrica. En cuanto vio las tierras
cercadas por las vastas líneas de los baluartes,
conduciendo en persona el descenso de los cuadros
desde el fuerte de Petra, los dispersa a lo largo
del terreno, variado de elevaciones leves,
para extender las fuerzas de César y atenuarle
la compresión al cerco moviéndole sus hombres.
El mismo se reserva, con una empalizada,
un refugio cercado, semejante en distancia
a la que corre desde las alturas romanas
a la pequeña Aricia, la villa de los bosques,
consagrada a la Diana que se adora en Micenas;
tan extensa es la franja de tierra donde el Tíber,
deslizándose bajo las murallas de Roma
-suponiendo que nunca torciera su corriente-,
al mar va descendiendo. Las trompetas no llaman
a combate; sin voces de mando, los disparos
van ciegos; y cuando, muchas veces, el brazo
se ensaye en el venablo, se habrá incurrido en crimen.
Un extremo cuidado de Pompeyo le impide
que se enfrenten las armas. Considera la exhausta
provisión de la tierra que la caballería
pisoteó en su carrera: deshizo el duro casco
con frenético paso las praderas herbosas;
aunque plenos de paja, transportada desde otras
riberas, los establos, el corcel de batalla,
en los campos segados, exánime reclama
vitales pastos frescos, y, plegando sus corvas,
en un trémulo giro, doblegándose, muere.
En tanto disolvía la corrupción de sus cuerpos
y consumía sus miembros, el inmutable cielo,
desde una oscura nube, diseminaba el fluido
contagio de la peste. Con soplo parecido,
arroja Neso desde los peñascos brumosos
de la Estigia de los aires y los antros que exhalan
las furias del mortífero Tifón. Se quebrantan
los poblados. El agua, más dispuesta que el cielo
a padecer la carga de todas las ponzoñas,
al instilar sus heces endurece las vísceras.
ya una torva negrura deja yerta la piel
y desgaja los ojos distensos; por la cara,
que el morbo sacro abrasa, la ígnea plaga transita;
la cabeza, agobiada, rehúsa sostenerse.
Más y más el destino todo arroja al abismo;
ya el morbo no intermedia la muerte con la vida;
y con la muerte llega la indolencia: la plaga
se expande, con la turba de aquellos que cayeron,
en tanto los cadáveres yazgan insepultos
mezclados con los cuerpos de los sobrevivientes;
pues ser diseminados más allá de las tiendas
de campaña tan sólo los funerales eran
de aquellos desdichados ciudadanos. Con todo,
la desventura cede: detrás estaba el mar,
las riberas, el aire que dan los aquilones,
las carenas repletas de la mies extranjera.
En cuanto al enemigo, libre sobre las tierras
de espaciosas colinas, no se hallaba oprimido
por el aire pesado ni por el agua inerte;
pero, como asediado por un estrecho cerco,
sufre el terror del hambre. Las eras ya no se hinchan
con las altas espigas. Se ve una miserable
muchedumbre allanarse a un alimento propio
de salvajes rebaños: mordisquear las malezas,
desfoliar las florestas, arrancar ignoradas
raíces de yerbajos inciertos que amenazan
de muerte; lo que pueda malearse con la llama,
triturarse con los dientes, echarse a las entrañas
por las fauces resecas; un cúmulo de viandas
hasta entonces ausentes de las mesas humanas:
ved aquí la presea de un soldado que, empero,
asedia a un enemigo saciado largamente.
No bien Pompeyo ha optado por forzar el encierro
y, evadiéndose, abrirse tránsito a nuevas tierras,
no esperará las horas oscuras de la noche
con sus mil escondrijos: desprecia los furtivos
caminos solitarios que inactivas harían
las armas de su suegro; quiere salir con una
magnitud de catástrofe; abatir con su empuje
las torres del baluarte y atravesar la línea
de todas las espadas por la vía certera
que impondrá la masacre. Ya percibe una parte
de los muros cercanos expuesta al ataque:
allí donde en las torres que defiende Minucio
se han reducido tropas y espesos matorrales
cubren con su maraña la tupida arboleda.
Ya, sin que lo denuncia ninguna polvareda,
mueve sus batallones y de súbito irrumpe
al pie de las murallas. Mil águilas latinas,
unánimes, brillaron en el llano; mil tubas
resonaron; y para que la victoria al hierro
nada deba, el espanto confundió al enemigo
atónito. Tan sólo restó al valor la suerte
de yacer, abatido, en un suelo, donde antes,
por decisión, hubiera sido preciso estar;
mas ya no se halló nadie que se hallase al alcance
del impacto del hierro cuando busca la herida,
y toda una violenta nube de ágiles flechas
se perdió en el espacio. Vuelan entonces teas,
proyectando en el muro remolinos ardientes
cargados de resina; las torres, desquiciadas,
ya oscilan y amenazan desplomarse. La escarpa
vomita bajo el golpe del madero incesante
que con furia la embiste. El lienzo inexpugnable
del erguido baluarte ya habían sobrepasado
las pompeyanas águilas; ya se desplegaban
los derechos del mundo. Mas, lo que la Fortuna
rescatar no podría ni con mil escuadrones
y el mismo César, juntos, únicamente un hombre
al vencedor disputa: niega ser un castrado
y sostiene que, en tanto pueda blandir un arma
y no caiga abatido, la corona del triunfo
no será de Pompeyo. Llaman Zurdo a este bravo.
Sirvió un tiempo en la plebe de los cuarteles, antes
de combatir los pueblos montaraces del Ródano;
desde allí, promovido con precio de su sangre,
llevó la insigne vara del centurión latino
a un rango temerario. Proclive a la perfidia,
ignora qué gran crimen es el valor en armas
entre los ciudadanos. Este es el que ve aquí
abandonar a Marte sus camaradas para
refugiarse en la fuga. “¿Dónde os empuja –dice-
este pavor impío que todos los ejercicios
de César ignoraron? ¡Esclavos torpes, recua
de siervos, despojada del fuego de la sangre!
¿Dais la espalda a la muerte? ¿No os averguenza el cúmulo
de los hombres valientes (donde faltais) y heceros
buscar inútilmente bajo de los cadáveres
y sobre las hogueras de piras mortuorias?
¿Con el honor perdido, guerreros, por lo menos,
no os detendrá la cólera? Entre todos aquellos
por donde el enemigo pudo pasar, nosotros
hemos sido elegidos. Cuando este día se vaya
no habrá corrido poco la sangre de Pompeyo.
Más feliz habría sido de convocar las sombras
ante el rostro de César; me negó la Fortuna
este testigo; sólo celebrará Pompeyo
mi caída. Que me quiebren los dardos en la dura
propulsión en los pechos; que se melle la espada
en vuestros cuellos. Ganan ya el sonido y el polvo
del derrumbe de los puntos alejados; el eco
del estruendo ha golpeado las orejas de César.
Vencimos, camaradas. Ya vendrá el que vindique
la ciudadela, mientras, combatiendo, morimos.”
Esta voz ha excitado más el furor que cuando
lo inflamaron los sones primeros del clarín.
Admirados del héroe, los guerreros avanzan,
ávidos y expectantes, por saber si el coraje,
minoritario en número y sorprendido en medio
de aquel lugar adverso, puede más que morir.
Se ha detenido el Zurdo sobre la escarpa en ruinas;
desde las altas torres va arrojando cadáveres
que hacinados yacían y el alud de los cuerpos
aplasta al enemigo que avanzaba a sus pies.
Todo aquello que pueda servir de proyectil:
deshechos de las ruinas, escombros y maderos,
abastece al valiente, que amenaza al contrario
con su propia caída. Ya con aguda estaca,
ya con férreo bichero, desaloja los muros
de pechos enemigos y cercena las manos
que se aferran a lo alto de las empalizadas.
Lanza bloques de piedra que quebrantan espaldas
y cabezas, y apenas defendida la masa
cerebral por el frágil ensamblaje del casco
se disgrega disuelta; calcina en llamas a otros
cabellos y mejillas; se oye chirriar el fuego
por los ojos quemados. Cuando el apilamiento
de cadáveres hubo consolidado un suelo
a un nivel que rozaba las alturas del muro,
un salto llevó al Zurdo, por sobre la eminencia
vecina de las armas, al exterior, cayendo
entre los batallones: no menos reticente
que aquel con que el leopardo veloz elude el cerco
por sobre los venablos. Entonces, ya metido
en medio de los cuadros compactos y rodeado
de un ejército entero, volviéndose, aniquila
todo aquel enemigo que alcance su mirada.
Ya su espada se embota cuando, de punta hacha,
va entregando a su filo lo espeso de la sangre;
pierde el hierro su oficio: ya sin herir los miembros,
los tritura. Mas sufre, por su parte, el impacto
de todos los disparos, moles de piedra y flechas:
toda mano es certera, toda lanza es segura.
Y así, ve la Fortuna trabarse en la batalla
a una pareja insólita: un hombre y un ejército.
Bajo continuos golpes resuena el vigoroso
escudo y los fragmentos del casco hendido abrasan
las sienes oprimidas; y ya nada protege
los sectores vitales de la carne desnuda
como no sea las picas que se yerguen, sumidas
hasta tocar los huesos. ¿Por qué, insensatos, ahora,
con vuestras jabalinas y con livianas flechas
desperdicias el golpe mortal que no halla el blanco?
Que, vibrando del nervio retorcido del arco,
una alta falarica lo aniquile o la pieza
pesada de un peñasco; que el hierro del ariete
y el curvado trayecto que traza la ballesta
lo barran. No es un frágil muro el que se levanta
para sostén de César y retiene a Pompeyo.
El Zurdo ya no cubre el pecho con sus armas:
ha sentido vergüenza de amparárse en el círculo
de bronce del escudo (que deja ocioso al brazo
izquierdo que lo aferra), cayendo en una falta
para sobrevivir. Mas, mirad: ahora, en el pecho
clava una espesura de hierro, afronta, solo,
el empuje sangriento de un ejército entero
y, empero, ya con paso cansado, va eligiendo
al enemigo sobre quien habrá de recaer.
……………………………………………………………………………
He aquí que desde lejos, una caña cretense
de Gortyna, lanzada por una mano oriunda
de la altura del Dicte, donde creció el gran Júpiter,
es tendida hacia el Zurdo; más certera que todo
lo que deseara un ruego, penetra en la cabeza
y desciende hasta el globo del ojo izquierdo. Entonces,
desgarrando el guerrero las rémoras del hierro
a la vez que la malla de las fibras nerviosas,
arranca la incrustada flecha al ojo pendiente
y sin temblar aplasta la flecha y la pupila.
Cual la osa de Panonia, más cruel después del golpe,
cuando el libio ha lanzado su venablo, sujeto
a una pequeña cuerda, y, a locas dentelladas,
intenta asir el arma que, al girar de la bestia,
girando huye con ella, la ira arrasó aquel rostro
y, aún en pie, una sangrante lluvia lo desfigura.
un júbilo estruendoso que azota el éter se alza
del ala victoriosa. Más, entre aquellos hombres,
excitó la alegría la sangre de un villano
que si viese a César desangrándose herido.
El Zurdo, enmascarado su furor, lo sepulta
en el fondo del alma; con tono blando, dice,
mientras borra en su rostro la enraizada fiereza:
“Cesad ya, ciudadanos; lejos de aquí apartad
la presencia del hierro; para lograr mi muerte
no es preciso la herida; no será necesario
que me llenéis de flechas: bastará que se arranquen
las que mi pecho cubren. Arrastradme, dejadme,
vivo aún, en los campos de Pompeyo. Otorgadle
la dicha a vuestro jefe de que el Zurdo sea ejemplo
de deserción a César, antes que pueda serlo
de una muerte honorable”. Creyó estas engañosas
voces un desdichado, de nombre Aulo, no viendo
la punta del acero que tremante se alza.
cuando, a la vez, intenta tomar al prisionero
los brazos y las armas, la espada fulminante
le da en plena garganta. La potencia del Zurdo
se enardece: esta sola muerte logra rehacerlo.
“Pague su pena –dice- quienquiera haya esperado
la sumisión del Zurdo. Si pompeyo demanda
la paz ante esta espada que baje sus pendones
y glorifique a César. ¿Consideráis que, iguales
a vosotros, soy débil ante el sino fatal?
Menos vale a vosotros la causa del Senado
y el amor de Pompeyo que para mí la muerte.”
No bien hubo dicho esto, cuando una polvareda
se elevó denunciando que las cohortes de César
ya se hallaban presentes. Esto eximió a pompeyo
de la infamia y del cargo de que todos sus cuadros
se dieran a la fuga por tu sola presencia,
¡oh, Zurdo! Cuando Marte te hubo desamparado
al fin te desplomaste, pues sólo era el combate
el que nutría de fuerzas tus venas agotadas.
Un tropel de su gente, mientras se derrumbaba,
la recoge y se alegra de portar en sus hombros
el cuerpo consumido. Como si se encerrase
un numen en su pecho traspasado, veneran
en él la especie viva de la magna Virtud;
y, a la cual más, se prodigan en despojar de flechas
sus miembros perforados. Los dioses, Marte mismo,
con el pecho desnudo, decoraron tus armas,
Zurdo. Qué dicha para la mención de tu fama
si el que te dio la espalda, corriendo, hubiese sido
ya el íbero esforzado, ya el teutón de arma larga,
ya el cántabro, de corta. No podrás ornar nunca
con despojos de guerra los templos del Tonante
Júpiter, ni los gritos alzarás de victoria
por tus festivos triunfos. ¡Desdichado! ¡Qué enorme
despliegue de bravura para forjarte un amo!
……………………………………………………………………………
Pompeyo, repelido de este sector del frente,
no difirió la lucha, ni, dentro de su encierro,
reposó más ocioso que lo que el mar se cansa
cuando, alzándose el euro, la ola hiere el escollo
que la quiebra, o el flanco de una alta montaña
carcome, preparando su derrumbe final.
Desde allí combatiendo los bastiones vecinos
al impasible abismo, con doble acometida,
los reduce y dispersa las tropas a lo lejos;
y extendiendo sus tiendas por la llanura abierta,
se complace en el libre juego que le departa
este cambio de tierra. César difícilmente
se había apercibido del curso de la lucha
(que reveló una lumbre cimera en la atalaya):
se encontró con los muros ya abatidos y el polvo
amortiguado y, como frente a una antigua ruina,
observó los vestigios inmutables y fríos.
La paz intensa misma del lugar lo inflamó;
la calma de Pompeyo removió su furor;
¡César vencido, el sueño! Por turbar este gozo
apresura la marcha fatal hacia el desastre:
se arroja amenazante frente al haz de Torcuato.
al ver éste las fuerzas concentradas de César,
obra tan lentamente como el marino cuando,
viendo temblar el mástil, sustrae todas las velas
el vendaval que rigen los designios de Circe:
repliega así los cuadros hacia un estrecho muro
más interno, operando la cohesión de sus armas
sobre un pequeño cerco. César ya había transpuesto
la fila de trincheras que en su base rodeaba
la empalizada externa, cuando Pompeyo desde
el alto emplazamiento de múltiples colinas
lanzó todas sus tropas y desplegó sus armas
cercando al enemigo. Bajo el soplo del Noto,
no se horroriza tanto por Encélado el hombre,
entre los valles de Enna, cuando el Etna repleto
vacía sus cavernas y en torrentes inunda
de lava las llanuras, como los legionarios
de César que, rendidos por el polvo, ante el haz
depositado, y bajo las tinieblas de un ciego
terror, temblando, chocan contra los enemigos
mismos de quienes huyen y el pavor los arroja
a la fatalidad. Así, toda esa sangre
pudo haberse vertido con las armas civiles
hasta lograr la paz: pero el mismo Pompeyo
retuvo las furiosas espadas. ¡Cómo, Roma,
habrías vencido, sólo sometida a la ley,
libre y feliz, y dueña de todos tus derechos,
si en el sitio, triunfante, se hubiera hallado Sila!
Duele, ¡oh, César!, y nunca dejará de dolerte
que hayas aprovechado del mayor de tus crímenes:
el haber combatido tan reverente yerno.
¡Ah, qué triste destino! No habría llorado Libia
la matanza de Utica, ni de Munda, España;
el Nilo, maculado de una sangre nefanda,
un cadáver más noble que el del señor de Faros
jamás se habría llevado; con sus restos desnudos,
Juba no habría signado las arenas marmáricas,
ni escipión aplacado, con su sangre vertida,
las sombras de Cartago; ni se habría consumado
una vida sagrada como la de Catón.
Roma, para ti pudo ser el último día
maléfico y Farsalia pudo haberse zafado
de la red del destino. Ved: César ya abandona
el ámbito ocupado por un numen adverso
y busca con sus tropas mutiladas las tierras
emaciadas. Pompeyo quiso seguir las armas
fugitivas del suegro por doquier que ellas fuesen,
pero sus camaradas intentan disuadirlo
reclamando el regreso a los lares paternos
y a la ausonia, ya libre de fuerzas enemigas.
Dice Pompeyo: “Nunca me servirá de ejemplo
César cuando yo deba regresar a mi patria.
nunca me verá Roma retornar sino cuando
licencie mis soldados. Desde su movimiento
surgente habría podido retener a Occidente
si se hubiese placido profanar con mis tropas
los templos de mi patria y desatar la lucha
en el centro del Foro. Por alejar la guerra
iría hasta las regiones extremas de frío escítico
y hasta las zonas tórridas. Roma, vencedor,
yo te despojaría de un bendito reposo;
yo, que por no abrumarte con sangrientos combates,
me encuentro fugitivo. Para que no los sufras,
¡ah!, más bien piense César que ya le perteneces”.
Dicho así, se convino fijar la dirección
hacia Febo naciente y siguiendo las tierras
lejanas al camino, por donde la Candavia
abre vastas quebradas, acceden a la Emacia,
que el Hado preparaba para extender la guerra.
………………………………………………………………………………



II. ALITER

Et cetera, Marco Anneo Lucano:
has de saber que las auroras
vieron sobrevolar a las Harpías
durante dos milenios;
has de saber (el sibilino
hexámetro lo nombra)
que el Hierro se extendió de mar a mar;
que la temprana
fiebre de Cumas
ilustró con el fuego,
en las lindes del mundo,
las cuevas vietnamitas
y una magna hidrarquía,
grande como las aguas,
inhumó la semilla
cósmica del acero
en las fosas votivas de la abierta ecumene.

Has de saber que las Harpías
vieron sobrevolar a las auroras
durante dos milenios;
has de saber (y aquella boca
sometida al poema lo sabía)
que, acuñada en los dones
del Evo de Saturno,
una incierta moneda
congregó al oro cándido
que alumbraba el espacio,
legisló entre las sombras
los bienes de la tierra,
roló en ríos de sangre,
trocó en precio la muerte
y restalló en los signos que rigieron la vida.

¡Qué cerca estaba Cólquide!
aquí nomás. En la vagina,
ya penetrada;
en la mira, el incienso
y el oro de las almas;
en el aire, millonario del nápalm.
un tiempo
de furia circular inseminado,
de seminal infinitud movido,
nos acuna, coetáneos
del esplendor que infectaban las Harpías,
del hedor que oprimía a las auroras.
Ergo, Anneo Lucano:
¿no es tu misma pasión la que soporta
la inscripción de esta mano?
Quiero decir: no estamos condenados
a inventar el vacío
de posesión cuando se inscribe
la mano de poder sobre las cosas?

“El ánfora erigida frente al palor de Oriente”
es una epifanía
o un ritmo funerario?
una visión o un ruego?
Se da sobre el espacio
o sobre la palabra?,
en la palabra espacio?
Calma, niños, calma.
Ha llegado el momento.

La pupila rijosa
Reginae Bitiniae
ha contemplado el mar
(esa loca esmeralda
que un sueño llamó Adriático
y la Galia ulterior, “vagues de rêves”)
desde una tierra
alta de derrota:
Dyrrachium, feo promontorio,
tus aves –como el ojo de la Gloria-
habrá librado
su insignie deyección
entre las olas esmeraldas
para lavarse el sueño
del vuelo hacia la altura?
Ahora en el seno
de una topografía estupefacta
la caligráfica mirada
dibuja los confines
que el mirto y el laurel enmascaraban
a los prodigios de la espada:
radial rosa de fuego,
razonará en el brazo
constructor del espacio
que alteraban los dioses;
légamo lujurioso,
apresará en la letra
labrada los temblores
que ofuscaban la imagen.
Aunque la esencia
de la luz, equívoca, conjure
la piedad con la roca
o el amor con el póstumo amaranto,
no quedará vestigio
de piedra libre
que en sí misma se cumpla;
el ojo espiritual, en las fisuras
de la materia alucinada,
cauto, manual, inexorable,
socavando la noche
del ánfora erigida frente al palor de Oriente,
no es ya límpida parábola
de la masacre esclarecida
entre las huellas de la luz?

Has nacido, Occidente. Una fronda
agitada de metales perennes
nos cuestiona las manos
y nos cobija el sexo cuando,
bajo el reclamo de un viento soterrado,
olemos, curvados como un arco
sobre la vieja tierra,
la sombra solapada del deseo
que la palabra transfiguró en ceniza.

(1977)

sábado, 1 de mayo de 2010

David Hume (Edimburgo, 1711-1776). La verdad en la literatura.

"… si comparamos todos los fenómenos que aparecen en este tema, veremos que la verdad, por necesaria que pueda parecer en toda obra literaria inteligente, no tiene otro efecto que el de procurar una recepción fácil de las ideas, haciendo que la mente asienta a ellas con satisfacción o, al menos, sin reticencia. Sin embrago, como es éste un efecto que puede fácilmente suponerse debido a esa solidez y fuerza que –según mi sistema- acompaña a las ideas establecidas gracias a razonamientos por causalidad, se sigue que toda la influencia de la creencia sobre la fantasía puede ser explicada partiendo de ese sistema. De acuerdo con ello, podemos observar que allí donde esa influencia surge de principios distintos a la verdad o realidad, toman éstos su lugar, proporcionando idéntico entretenimiento a la imaginación. Los poetas han forjado lo que ellos denominan un sistema poético de las cosas, que, aunque no sea creído ni por ellos ni por sus lectores, se toma como base suficiente para cualquier ficción. Estamos tan acostumbrados a los nombres de Marte, Júpiter y Venus que, del mismo modo que la educación fija una opinión, la repetición constante de esas ideas las hace penetrar con facilidad en la mente y predominar en la fantasía, sin influir en el juicio. De forma análoga, los autores trágicos toman siempre prestadas sus fábulas o, al menos, los nombres de sus principales personajes, de algún conocido pasaje de la historia; y no hacen esto para engañar a los espectadores, ya que confiesan francamente que no han seguido la verdad punto por punto en todos los incidentes de la acción, sino que lo hacen a fin de procurar una recepción más fácil en la imaginación de los extraordinarios sucesos que presentan. Sin embrago, ésta es una precaución que no necesitan los poetas cómicos, cuyos personajes e incidentes penetran, por ser de un tipo más familiar, con mayor facilidad en la recepción, y se aceptan sin tanta formalidad, a pesar de que a primera vista sean tenidos por ficticios y por mero producto de la fantasía.
Y no sólo esta mezcla de verdad y falsedad, existente en las fábulas de los poetas trágicos, sirve a nuestro propósito actual, a mostrar que la imaginación puede ser satisfecha sin creencia ni certeza absoluta, sino que, desde otro punto de vista, puede considerarse como una poderosa confirmación de este sistema. Es evidente que los poetas utilizan este artificio de tomar de la historia los nombres de sus personajes y los acontecimientos principales de sus poemas con el fin de procurar una admisión más fácil de la obra entera, haciendo así que ésta produzca una impresión más profunda en la fantasía y las afecciones. Al ser enlazados en la trama de un poema u obra dramática, los distintos incidentes adquieren una suerte de relación; y de este modo, si alguno de ellos es objeto de creencia, confiere fuerza y vivacidad a los demás incidentes con él relacionados. La viveza de la concepción primera se difunde por las relaciones y, como si fuera por muchos conductos y canales, es llevada a cada idea que tenga alguna comunicación con la idea primaria. Ciertamente que esto no puede nunca equipararse a una seguridad perfecta, pues la unión entre ideas es en cierto modo accidental. Con todo, puede acercarlas tanto en influencia, que llegue a convencernos de que derivan del mismo origen…"

(fragmento, De los Efectos de Otras Relaciones y Hábitos, Sección IX, Tratado de la Naturaleza Humana, Tecnos, Madrid, 1992. Traducción Félix Duque).

miércoles, 21 de abril de 2010

JOHN DONNE (Londres, 1572-1631). Poesía Sacra.




Todos los poemas han sido tomados de JOHN DONNE. POESÍA SACRA, Beatriz Viterbo, Rosario, 1996. (Versión de Sergio Cueto).





I

¿Tú me has hecho y decaerá tu obra? Sáname ahora, que se apresura mi fin, que corro hacia la muerte y la muerte me encuentra, veloz, y todos mis placeres son como el ayer. No me atrevo a dirigir los empañados ojos a ningún lado: tal espanto arrojan la desesperación detrás y delante de la muerte; mi débil carne se corrompe en su pecado, que la hunde en el infierno. Únicamente tú estás arriba, y cuando hacia ti me permites mirar, de nuevo me levanto. Pero nuestro antiguo y sutil enemigo me tienta de tal modo que no puedo sostenerme ni un instante. Tu Gracia debe darme alas para eludir su arte, y tú, como el diamante, atrae mi corazón de hierro.




II

Como deudor obligado por muchos pagarés, renuncio a mí mismo en tu favor, oh Señor. Primero fui hecho por ti, y para ti, y cuando me arruiné, tu sangre compró lo que antes fue tuyo. Soy tu hijo, hecho de ti para brillar, tu siervo, cuyas penas puntualmente recompensaste; tu oveja, imagen tuya, y, mientras yo mismo no me traicione, un templo de tu divino Espíritu. ¿Por qué entonces el demonio de mí mismo me despoja? ¿Por qué hurta, arrebata incluso, lo que te pertenece? A menos que me levantes y por obra tuya pelee, ay, pronto despertaré: cuando vea que amas tanto a la humanidad, pero no me eliges, y que Satán me odia, pero se rehúsa a perderme.




III

Puedan a mi pecho y a mis ojos regresar esos suspiros disipados y esas gastadas lágrimas; oh, que pueda en este santo descontento llorar con beneficio, tal como lo hice en vano. ¿Qué chubascos, en mi Idolatría, devastaron mis ojos?, ¿qué pesares alquilaron mi corazón? Aquel sufrimiento fue mi pecado; ahora me arrepiento. Debo sufrir por haber sufrido. El borracho hidrópico, el ladrón agazapado en la noche, el ardiente libertino, el ufano, que es llama de sí mismo, todos guardan un recuerdo de pasadas alegrías para consuelo de los males que vendrán. A mí, desdichado, no se me concede ese alivio. Largo y vehemente, el pesar fue efecto y la causa, el castigo y el pecado.




IV

Oh, negra alma mía, ahora te reclama la enfermedad, heraldo de la muerte y paladín suyo. Eres como un peregrino que ha sido traidor en todas partes y no se atreve a volver al sitio del que huyó; o como un ladrón, que hasta el día en que se lea su sentencia de muerte quiere verse libre de la cárcel, pero que condenado y llevado al patíbulo querría poder estar todavía encarcelado. Empero, aún si te arrepientes, precisas de la gracia. Mas ¿quién te dará esa gracia para empezar? Oh, que el santo duelo te vuelva negra, y roja el rubor, como lo hizo el pecado. Lávate en la sangre de Cristo, que, siendo roja, tiene la virtud de teñir, las rojas almas, de blanco.




V

Soy un pequeño mundo ingeniosamente hecho de elementos, y una vivacidad angélica; pero el negro pecado vendió a la noche eterna las dos partes de mi mundo, ay, y ambas partes deben morir. Tú, que más allá de los cielos hasta ayer más altos encontraste nuevos orbes, y de nuevas tierras puedes hablar, derrama nuevos mares en mis ojos, para que pueda así inundar mi mundo con mi tierno llanto, o lavarlo, si es que debe inundarse de nuevo. Mas, ay, debe arder; el fuego de la injuria y de la envidia lo abrasó hasta aquí, y lo hizo todavía más pestilente. Deja que esas llamas se retiren y abrásame, Señor, con tu ardiente celo y con el de tu casa, en la que al comer sanamos.




VI

Esta es la última escena de mi drama. Aquí fijan los cielos el último metro de mi peregrinaje; aquí tardíamente, aunque veloz fue su curso, da mi carrera su último paso, halla mi trecho su última porción, toca mi instante su último tris. Aquí la muerte devoradora disociará mi cuerpo y mi alma, y dormiré un rato; pero esa parte de mí en eterna vigilia verá aquel rostro que a mi sociedad toda ya estremece de pavor. Cuando el alma se haya volado a su primer morada, el cielo, y el cuerpo nacido del polvo torne al polvo, su casa, entonces mis pecados caerán (porque a todo se le hace justicia) a donde se criaron y quisieran arrastrarme, al infierno. Impútame lo justo, ya que así, limpio de mal, dejo el mundo, la carne, el diablo.




VII

Desde las imaginarias esquinas de la redonda tierra, sonad vuestras trompetas, ángeles, y alzáos, alzáos desde la muerte, vosotras, infinidades innumerables de almas, y regresad a vuestros esparcidos cuerpos, todos los que destruyó el Diluvio y el fuego destruirá, todos a los que la guerra, el hambre, la vejez, las pestes, las tiranías, la desesperación, la ley, la fortuna han exterminado, y vosotros, cuyos ojos verán a Dios, y nunca probasteis el desconsuelo de morir.
Más déjalos dormir, Señor, y a mí llorar un rato, pues si mis pecados son más abundantes que ellos, entonces, cuando estemos allí, será tarde ya para pedir la abundancia de tu gracias. Aquí, en este humilde suelo, enséñame a arrepentirme, pues esto sería como si hubieras sellado mi perdón con tu sangre.




VIII

Si las almas fieles son glorificadas igual que los ángeles, entonces el alma de mi padre ve, y ello se agrega a su completa felicidad, cuán valiente cruzo de un salto la ancha puerta del Hades. Pero si esas almas divisan a nuestros espíritus no inmediatamente sino por sus circunstancias y a través de signos evidentes en nosotros, ¿cómo probarán la blanca verdad de mi espíritu? Ellos ven al amante idólatra llorar y lamentarse, y al vil, blasfemo hechicero invocar el nombre de Jesús, y al fariseo hipócrita fingir devoción. Vuélvete pues, alma meditabunda, hacia Dios, porque él conoce tu verdadero pesar, puesto que él lo puso en mi pecho.




IX

Si los minerales venenosos y aquel árbol, cuyo fruto vistió de muerte nuestra inmortalidad, si el lascivo macho cabrío y la serpiente envidiosa no pueden ser condenados, ay, ¿por qué habría yo de serlo? ¿Por qué la intención o la razón, nacidas de mí, harían mis pecados, iguales a los otros, más abominables? Y si la misericordia es fácil y gloriosa para Dios, ¿por qué amenaza con su implacable cólera?
Pero ¿quién soy yo para atreverme a disputar contigo, oh Dios? Ah, de tu única, inapreciable sangre, y de mis lágrimas, haz un celestial Leteo y ahoga en él la negra memoria de mis pecados. Para que tú los recuerdes, y reclames alguno como deuda, pienso agradecerte si llegas a olvidarlos.




X

No te enorgullezcas, muerte, aunque te llamen poderosa y horrenda, porque no lo eres. Aquellos a los que creíste abatir, triste muerte, no murieron, ni a mí puedes matarme. Si del reposo y el sueño, meras imágenes tuyas, tanto placer proviene, de ti, entonces, mucho más debe venir. Los mejores de nosotros se van enseguida contigo –paz a sus huesos, a sus almas redención. Esclava del Hado, la Fortuna, los reyes, los desesperados, si con veneno, guerra, enfermedad, amapola, encantamiento se nos hace dormir tan bien, mejor que con tu golpe, ¿de qué te jactas? Tras un breve sueño, eternamente vamos a despertar, y ya no habrá más muerte. Tú, muerte, morirás.




XI

Escúpeme el rostro, judío, y atraviésame el costado; abofetéame, flagélame, escarnéceme, crucifícame, porque he pecado y vuelto a pecar, y sólo Él, que no pudo haber hecho mal, ha muerto. Pero mi muerte no puede satisfacer mis pecados, que superan la impiedad de los judíos. Ellos una vez mataron a un hombre sin gloria, pero yo lo crucifico a diario, aunque hoy sea glorioso.
Oh, déjame admirar entonces todavía su extraño amor. Los reyes perdonan, pero Él cargó con nuestro castigo. Y Jacob llegó vestido con viles, ásperas ropas, mas para suplantar a otro, y no sin provecho; pero Dios se vistió a sí mismo con la vil carne del hombre, para poder ser así lo suficientemente débil y sufrir su miseria.




XII

¿Por qué nos sirven todas las criaturas? ¿Por qué los pródigos elementos me proporcionan vida y alimento, siendo más puros que yo, simples, y ajenos a la corrupción? ¿Por qué toleras, caballo ignorante, tu sujeción? ¿Por qué lo haces tú, buey?, ¿por qué así cargado, vendados los ojos, simulas debilidad y mueres bajo el golpe del hombre, cuya especie entera podrías devorar, y alimentarte? Más débil soy yo, mía es la desdicha, y peor que la tuya, pues tú no has pecado, y no tienes que temer.
Pero un milagro más grande nos admira: no que a nosotros, naturalezas creadas, esas cosas se sometan; sino que su Creador, ni al pecado ni a la naturaleza atado, por nosotros, sus criaturas, enemigos suyos, haya muerto.




XIII

¿Y si fuese esta la última noche del mundo? Graba en mi corazón, alma mía, allí donde resides, la imagen de Cristo crucificado, y dí si ese semblante puede espantarte: las lágrimas de sus ojos extinguiendo la luz que azora, la sangre que de la cabeza se derrama agolpándose en las cejas. ¿Puede esa lengua, que suplicó el perdón para el escarnio de su feroz enemigo, adjudicarle el infierno? No, no. Pero así como en mi idolatría dije a todas mis profanas amantes que la belleza es sólo un signo de piedad y que la fealdad lo es del rigor, así te digo que a los malos espíritus horrendas formas se les asignan, y que esta bella imagen asegura una piadosa voluntad.




XIV

Abate mi corazón, Dios en tres personas; porque hasta ahora sólo llamas, suspiras, te luces e intentas remediarme. Para que pueda levantarme y tenerme en pie, derríbame; usa tu fuerza y quiébrame, astíllame, abrásame y hazme de nuevo. Yo, como una unidad usurpada, a otro debida, trabajo por admitirte, mas ¡ay! Inútilmente. La razón, tu virrey en mí, debería defenderme, pero está cautivada, y se muestra débil o desleal. Mas aunque te amo profundamente y quisiera que me amaras, estoy prometido a tu enemigo. Divórciame, desata o rompe otra vez ese lazo, ráptame, encadéname, porque si no me esclavizas nunca seré libre, ni casto, si no me violas.




XV

¿Amarás a Dios como él te ama? Asimila entonces, alma mía, esta sana meditación: Cómo el Espíritu, servido por los ángeles en el cielo, hace su Templo en tu pecho; el Padre, que ha engendrado un Hijo, el más bendito, y que aún lo engendra (para que jamás se vaya), se ha dignado elegirte a ti en adopción, coheredero de su gloria y del descanso infinito del Sabbath; e igual que un hombre al que han robado, que al buscar descubre que sus bienes fueron vendidos y debe perderlos o comprarlos de nuevo, el Hijo glorioso descendió hasta nosotros, a quienes había hecho y Satán robó, y por nosotros fue muerto, para salvarnos. Ya era mucho que el hombre fuese hecho como Dios en un principio; pero que Dios se haya hecho hombre, mucho más.




XVI

Padre, tu hijo me da una parte de su doble interés en tu reino; conserva su nudo en la trabada Trinidad y me da la victoria de su muerte. Este Cordero, cuya muerte bendijo con vida al mundo, fue muerto desde el principio del mundo, e hizo dos Testamentos, que con la Herencia suya y con tu reino a tus hijos invisten. Pero son tales las leyes, que los hombres todavía discuten si un hombre es capaz de cumplirlas. Nadie lo hace, pero la todo-curativa gracia y el espíritu vuelven a la vida lo que la ley y la letra matan. El resumen de tu ley, tu último mandamiento, es tan sólo amar. Deja que esta última voluntad perdure.




XVII

Desde que aquella a la que amaba pagó su última deuda con la Naturaleza y para su bien y el mío murió (ay, tan tempranamente al cielo arrebatada el alma), mi espíritu se ha fijado por entero en las cosas celestes. Aquí, el admirarla aguzó mi espíritu en la tarea de buscarte, Señor. Los caminos del agua enseñaron, pues, su manantial. Pero aunque te hallé y mi sed saciaste, una santa y sedienta hidropesía todavía me consume. Mas ¿por qué habría yo de implorar más amor si tú cortejas mi alma a favor de la de ella, para ofrecerle a ella todo el tuyo? No, no temas tan sólo que conceda mi amor a los Santos y a los Ángeles, cosas divinas. Sospecha también, en tu celo suave, que te eclipsen el Mundo, la Carne, el Diablo.




XVIII

Enséñame, amado Cristo, a tu Esposa, luminosa y clara. ¿Es acaso aquella que en la otra orilla va ricamente ataviada? ¿o la que robada y lacerada se lamenta y llora en Alemania y aquí? ¿Duerme mil años y un año vigila? ¿Es la verdad y yerra? ¿Nueva en un momento y al siguiente gastada? ¿Aparece, apareció y aparecerá siempre sobre una, siete, ninguna colina? ¿Habita entre nosotros, o como andantes caballeros soportaremos la afanosa búsqueda antes de ganar su amor? Descubre a nuestros ojos a tu esposa, gentil esposo, y deja que mi alma enamorada corteje a tu suave Paloma, ella, más virtuosa y fiel si muchos la abrazan y a muchos de abre.




XIX

Ay, para torturarme, los contrarios se unen: la inconstancia se ha convertido, antinaturalmente, en un hábito constante; aún cuando no quiera, cambio de votos y de devoción. Tan frívola es mi constricción como mi amor profano, y olvidada con igual presteza; tan misteriosamente destemplada, caliente y fría, como la oración, tan muda; incomparablemente infinita. No me atreví ayer a mirar el cielo, y hoy con súplicas y aduladores discursos cortejo a Dios; mañana verdaderamente temblaré de miedo de su castigo. Así, mis devotos impulsos vienen y se van, como fantásticos escalofríos; a menos que sean ésos mis mejores días aquí; ésos, en los que tiemblo de miedo.

sábado, 10 de abril de 2010

JOSÉ FERRATER MORA (Barcelona, 1912-1991). Doxógrafo contemporáneo: el lenguaje en pos de la metáfora.

“(…) Roman Ingarden señala que hay varias teorías sobre la naturaleza de la obra literaria, es decir, sobre el problema del “modo de existencia” de la obra literaria. Algunos autores opinan que una obra literaria es una realidad que empieza en un momento del tiempo y termina acaso en otro, que puede cambiar y alterarse; se trata de una realidad “física”. Otros autores indican que una obra literaria es una realidad temporal, pero una de carácter psíquico o mental. Lo último puede entenderse de dos modos: o como expresando actitudes y emociones del autor, que el lector tiene que recoger, interpretar y reconstruir, o como expresando emociones y reacciones del lector. Otros opinan, finalmente, que la obra de arte es un “objeto imaginativo”; la obra literaria se refiere a “objetos” de los pensamientos e ideas del autor –objetos que son las cosas y personas representadas en la obra- (cfr. Das literarische Kunstwerk, 3-5). Ingarden rechaza cada una de estas opiniones como parcial y les opone su propia concepción, según la cual la obra literaria es una estructura o formación estratificada, esto es, una estructura compuesta de varias capas heterogéneas. Estas capas (o estratos) son: 1) Los sonidos de palabras y formaciones fonéticas de orden superior basadas en tales sonidos; 2) las unidades de significación de varios órdenes; 3) los aspectos esquematizados y los “continuos” de diversos aspectos; 4) las objetividades representadas y sus viscicitudes (ibid, 8).
En cuanto a los otros autores mencionados, se enfrentan con el problema de la obra literaria especialmente a base de la distinción de los lenguajes en dos tipos: el lenguaje llamado “cognoscitivo”, propio de la obra científica, y el lenguaje llamado “emotivo”, propio de la obra literaria y, engeneral, artística. El lenguaje cognoscitivo es llamado también a veces “indicativo”, “enunciativo”, “referencial” y, a veces, “simbólico”. El lenguaje emotivo es llamado a veces también “evocativo” y, por excelencia, “lírico”. Mientras el primero tiene una función informativa, el segundo tiene una función expresiva. El lenguaje cognoscitivo se compone de enunciados que solamente dicen algo acerca del sujeto que lo emplea; es decir, que se limita a expresar sus emociones y sus sentimientos. De ello se derivan varias consecuencias, de las cuales mencionaremos cuatro. Primera, en el lenguaje cognoscitivo la forma puede ser separada del contenido, mientras que en el lenguaje emotivo forma y contenido son lo mismo. Segunda, mientras el lenguaje cognoscitivo o científico es reversible, el lenguaje emotivo o poético es irreversible. Tercera, el lenguaje cognoscitivo enuncia de algo si existe o no o si es o no de un cierto modo, y, por tanto, sus enunciados son verdaderos o falsos, mientras que el lenguaje emotivo es indiferente a la verdad o a la falsedad. Cuarta, el lenguaje cognoscitivo es un lenguaje abierto, susceptible de rectificación de acuerdo con las observaciones, mientras que el lenguaje emotivo es un lenguaje cerrado. una vez constituida, la obra de arte es inmodificable y forma un universo aparte.
Varias críticas se han lanzado contra esta división de los lenguajes. Principalemente dos. Primera, la de que no es cierto que el lenguaje artístico en general, y poético en particular, sea meramente emotivo o evocativo. Segunda (y es una consecuencia de la anterior), la de que no es cierto que el lenguaje artístico sea indiferente a la verdad o a la falsedad. Según estos críticos el lenguaje artístico, literario, poético, lírico, etc., dice algo acerca de lo real, aún cuando, como ha precisado Urban, lo que dice es distinto de lo enunciado por el lenguaje científico. De acuerdo con esta crítica, se mantiene la diferencia entre los dos lenguajes, pero se rechaza llamar a uno “enunciativo” y al otro “emotivo”; lo único que se puede decir es que hay diferencias entre el lenguaje “científico” y el “poético”, pero diferencias situadas dentro de una línea de continuidad. Muchos argumentos apoyan esta crítica. Por ejemplo, el hecho de que haya entre los enunciados científicos algunos que no dependen directamente de las observaciones de la realidad exterior y se atienen a ciertas exigencias de la construcción conceptual. O bien el hecho de que entre las expresiones literarias haya algunas que, sin dejar de pertenecer a una obra literaria, se refieren a realidades exteriores. Poco a poco se ha llegado a un cierto acuerdo entre dos posiciones que al principio parecían irreductibles. Este acuerdo se basa en la aceptación de varios hechos. Ante todo, el de que puede ser que la diferencia entre la obra científica y la literaria sea sólo una diferencia de tendencia. Luego, el de que las innegables diferencias de estructura entre los dos lenguajes (por ejemplo, el carácter respectivamente reversible e irreversible de cada uno de ellos) no impiden que ambos coincidan en un terreno común: el hecho de ser los dos efectivamente lenguajes y, por lo tanto, de estar los dos sometidos a las mismas leyes de todo universo lingüístico, y especialmente de participar los dos de las dimensiones sintáctica, semántica y pragmática, que, aunque en principio de carácter metalingüístico, pueden ser aplicables a todo lenguaje.
Teniendo en cuenta lo apuntado se ha planteado otro problema, cuyo tratamiento ha permitido un mayor conocimiento de la estructura de la obra literaria desde el punto de vista del lenguaje. Es la siguiente: Paralelamente a la distinción antes mencionada, algunos autores (entre ellos Pius Servien) han llegado a la conclusión de que, puesto que el lenguaje poético es acabado en sí mismo, su estudio consiste esencialmente en el análisis de sus estructuras sintácticas. Éstas están constituidas por elementos tales como los “modelos” de lenguaje, las “curvas rítmicas”, etc. En otras palabras, el lenguaje poético debería ser estudiado. según ello, como si sus expresiones carecieran de significación y, por tanto, de dimensión semántica, Ahora bien, se ha advertido pronto que la dimensión semántica no solamente no puede ser eliminada de la poesía, sino que constituye su característica más destacada. Esto quiere decir que una expresión poética en vez de no decir nada dice, por el contrario, muchas cosas. Tal condición se debe en parte principal al hecho de que el lenguaje poético es primordialmente implícito, en tanto que el lenguaje científico es, o tiende a ser, explícito. Pero, además, se debe al hecho de que las expresiones del lenguaje poético no se desarrollan, por así decirlo, sobre una sola línea semántica, sino que están entrecruzadas por diversas líneas semánticas. En suma, la expresión poética no tiene, como la científica, una, ni, como la puramente exclamativa, ninguna significación, sino que posee multitud de significaciones (…)”

Fragmento de OBRA LITERARIA, Diccionario de Filosofía, t. III (K-P), Ariel, Barcelona, 1994, págs. 2609-2611.

jueves, 1 de abril de 2010

ASHBERY CON GÓNGORA, POR MARCELO LEITES.

"(...) del libro Ruido de fondo (2001), libro que está atravesado por el procedimiento de la intertextualidad de varios poetas, especialmente John Ashbery, con quien andaba enloquecido en esa época, y leía, mientras escribía mi libro en un estado casi febril". (Marcelo Leites, correspondencia personal).


S o r t e s Vergilianae


Ya has vivido un tiempo y no hay nada que no sepas.
Tal vez algo leído en el diario te influenciara y eso ocurrió con frecuencia.
Te pidieron que siguieras estas líneas y seguiste tu propio camino porque te pareció
Que bajo su cobertura había un secreto, casual como respirar, traicionado al ofrecerse.
Entonces se abrió el cielo, revelando mucho más de lo que le correspondía saber a cualquiera.
Es raro lo rápido que crece, casi tan rápido como la luz de las regiones polares.
Reflejada en la capa de nieve ártica en verano. Cuando te das cuenta de hacia dónde va
tienes que seguirla, aunque a una velocidad
por desgracia muy inferior,
De ahí la insensatez y la inutilidad, rabiando en los confines de un callejón
o patio miserablemente iluminados.
El abrazarse unos a otros está en la naturaleza de esta gente, no conocen otra clase sino la suya. Las cosas se pierden de vista rápido y lo mejor es ser olvidados pronto
Porque la miseria es lo que dura, arrojando una luz cancerosa sobre todo lo que tiene cerca: Palabras pronunciadas en lo más cálido de la pasión, que podrían haber sido contenidas a tiempo,
Cualquier intención buena, todo lo problemático, se han apagado
ahora, como el abrazo en el vacío de su flujo.
Y no pueden resucitar salvo como anotaciones perversas acerca de
un indiscutible estado de cosas,
Como conducta del pasado, volviéndose irreconocibles mucho antes de lo que les corresponde. Últimamente te diste cuenta de que las mismas fiebres hacen aún
las mismas rondas, sólo que resultan inasimilables
Ahora que su novedad y su importancia disminuyeron. Con
nosotros sucede igual que con el día y la noche,
El chorro subiendo a través de los grados de la escuela y
abriéndose en suaves floraciones grises
Como chupadas por una aspiradora, la pelusa opulenta de nuestra jaula, también como un insecto excitado
En esgrima nerviosa alrededor de la cabeza, esbozando sus no demasiado
complicadas ordenanzas en la materia del día.
Todos se irán de verdad satisfechos, dejando vacío el estanque, un lugar para nuevos picnics. Después de haber llegado, desnudos, a explorar todos los posibles
terrenos sobre los que se pueden establecer intercambios.
Como: “Se prohíbe pescar”, en modestas letras capitales, y librándose del peso mayor de la cosa Advertida y dejada caer, contundente como una rama con manzanas,
Cuando empezaba a suspirar, justo antes de venirse abajo sobre
la falda, apenada y satisfecha a la vez,
Sabiendo que le llegó la hora mientras tu paciencia apenas
despierta, hacia qué maravillas de especulación, auscultación, visión del mundo,
Satisfecha
con los alrededores. Con este pálido esqueleto de caprichos y ocurrencias provisorias y tardías
Que se te pone en la mano como una carta casi cuarenta años después de haber sido franqueada, Es raro, no es cierto, que el mensaje conserve todavía algún sentido, aunque parcial
en el contexto más amplio de recibir mensajes
A los que tendrás que responder, a la vez que su propósito resulta claro,
Siendo uno e idéntico con el día que originó, aunque esto no lo puedes imaginar.
Hubo un momento en que las palabras entraron hondo, y te reíste e hiciste chistes, cómplice
De todas las posibilidades de su viaje a través de la noche y las estrellas, criatura
Que consideró el abandono de formas tan arcaicas como éstas, pero de todos modos
Las apoyó como a los instrumentos que te hicieron. El surco se manifestó sólo más tarde
Y para entonces fue demasiado tarde para controlar tales aspectos
expansivos como el qué hacer mientras se espera
Que los otros aparezcan: por desgracia no tenía a mi alcance ninguna pila de revistas viejas, Dramas durmiendo bajo la superficie de la máquina cotidiana; además
La buena calidad no es concedida a todos, ¿quién eres tú para suponer que la tenías?
De modo que el viaje se hizo más lento; los contrafuertes de la ciudad se veían ahora de lejos
Pero entretanto el agua se agotaba, la malaria había decimado los rangos y minado la moral,
Ya conoces la historia, de modo que si bien retroceder resultaba
impensable, también lo era la conquista victoriosa de las grandes puertas de bronce.
Tal vez lo mejor fuera pararse aquí mismo, pero ni siquiera eso fue posible.
Varios días después entre el pulsar de las orquestas alguien pidió un trago:
La música paró y los que seguían el ritmo con confianza palidecieron.
Esto es apenas una nota —aunque tal vez microcósmica— de la curva mayor
Del trayecto; no pretende integrarse a él, sino apenas insertarse
hors texte como noción invisible de cómo creció ese día
De planisferio a cielo, y qué rol tuvo el "yo" en todo eso, el investigador insaciable
de trivialidades eruditas, gusano de bibliotecas,
Uno que desfiló con, "hizo causa común", y sin embargo no tenía ni la capacidad
ni el deseo de hacer funcionar la cosa,
Sólo mucha paciencia, como la estrella que sube y se hunde,
dejando la tarea de iluminar al sol poniente.

John Ashbery
(Traducción de Roberto Echavarren)




"(...) Y, en el mismo poema hay una inversión de una línea de un famoso soneto de Góngora. Como es sabido la intertextualidad es el uso literal de una frase, de un sintagma, de un verso de otro escritor usado en un contexto completamente diferente -que es justamente lo que diferencia la intertextualidad del plagio". (Marcelo Leites, ibid.)


SONETO 29

Mientras por competir con tu cabello,
oro bruñido, el Sol relumbra en vano,
mientras con menosprecio en medio el llano
mira tu blanca frente el lilio bello;

mientras a cada labio, por cogello,
siguen más ojos que al clavel temprano,
y mientras triunfa con desdén lozano
del luciente cristal tu gentil cuello;

goza cuello, cabello, labio y frente,
antes que lo que fue en tu edad dorada
oro, (lilio, clavel, cristal luciente
no sólo en plata o viola troncada
se vuelva, mas tú y ello juntamente
en tierra, en humo, en polvo, en sombra, en nada.

Luis de Góngora


DOXOGRAFÍA:

(...) "Primero pensé que se trataba de que eligiera un poema donde se observara la influencia de algunos autores que han sido mis maestros; algún rastro de Juan L. Ortiz o de Leónidas Lamborghini. Leyendo el trabajo de Fernando* me di cuenta de que no; que más bien se trataba de hacer algo parecido (...) Y recordé que tenía unos viejos textos sobre árboles: Árbol de Montale, Árbol de Eliot, Árbol de Parra, etc.etc., donde imitaba -hasta donde me daba el cuero, claro- los estilos de cada uno de ellos. Pero "parecido", no es igual; porque acá tampoco se trata de un ejercicio, ni de una imitación, sino de un texto literario propio". (Marcelo Leites, ibid).
*Se refiere a "Doxografías: Belottini/Beckett", publicado en este blog.

VI

Las huellas del Renault en la arena continúan su trayecto hasta la orilla del arroyo donde hay un toallón naranja y una bikini a merced del oleaje, se continúan en las huellas de unos pies y ya en el agua se pierden en las piernas que aparecen y desaparecen de la superficie, en su cuerpo que nada mariposa y exhibe su destreza desnuda. Cuando vuelve a la costa deja ver su rostro maravillosamente joven sin saber que alguien la observa detrás de una roca. En la trama posible hay diversas huellas para seguir, huellas demasiado transitadas por los automovilistas que casi siempre siguen los mismos caminos, pero la escena en sí es lo que vale, ahora que su novedad e importancia disminuyeron. De todos modos ella presiente algo y camina ondulante hasta la orilla. Las líneas de su cuerpo son una ofrenda al sol poniente que compite con sus pezones turgentes y relumbra en vano, oro bruñido, en otros ojos alucinados ahora por esas manos deslizándose sobre sus hombros, sobre sus turbulentos pechos, sobre sus caderas, sobre su piel bronceada; alucinado, sí, por esas manos que siguen el juego de las gotas de agua que tocan su pubis, mojada ahora, sí, mojada y absolutamente conciente. Cuando te das cuenta hacia dónde va, tenés que seguirla aunque a una velocidad muy inferior, sobre todo porque las huellas que dejás en la arena no coinciden con las de ella y si intentaras luego de considerar qué maravillas prometen su desnudez cómplice, el agua como un fluido atravesando su sexo y la visión del mundo satisfecha, si lo intentaras, decía, si quisieras trasponer sus huellas y hacerlas coincidir con las tuyas luego de un esfuerzo desmesurado y justo cuando ella empezara a suspirar apenada y satisfecha a la vez luego de volver sobre sus huellas, si de verdad lo lograras…entonces las huellas de la historia dejarían de tener sentido.
Las cosas se pierden de vista y lo mejor es ser olvidados pronto.

Una mujer desnuda
con el pelo mojado
y un toallón naranja
yéndose en su Renault
mientras la luz
declina.


Marcelo Leites, de la serie La música perdida, de "Ruido de fondo".(A quien, además, corresponde el subrayado en los tres poemas).

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Marcelo Leites* nació en Concordia, Entre Ríos, Argentina, en 1963. Poeta y crítico literario. Publicó los libros de poemas: El Margen de la aldea, en Ediciones Río de los Pájaros, de Concordia, en 1992; Ruido de Fondo, en Trópico Sur de Asunción del Paraguay, en 2001; Tanque australiano, en Ediciones Gog y Magog, de Buenos Aires, en 2007 y Resonancia de las cosas en Ediciones en Danza, de Buenos Aires, 2009; además, los ensayos: Cuatro poetas entrerrianos?, en Eduner, la Editorial de la Universidad de E. Ríos, en 2004; y Percepción de la música, Ed. Fondec, Antología colectiva, en 2005. Coordina Talleres de lectoescritura en su ciudad natal, ha leído su obra en Encuentros literarios, nacionales e internacionales. Fue miembro del jurado en los Juegos Florales de poesía del Rowing Club de Paraná (E. Ríos) del año 2007. Integra desde el año 2006, el Consejo Editorial de esta página donde se publican autores de su ciudad y pueden leerse algunos de sus poemas, como también una antología de las voces entrerrianas más representativas, en la Sección Rescates, que dirige.
Seleccionó y prologó la Antología de poesía entrerriana: “Las nuevas voces de Entre Ríos”, editada por la página web www.poeticas.com.ar, en marzo de 2008. Fue publicado en diversos sitios virtuales, entre ellos, los blogs: laseleccionesafectivas y campodemaniobras.. Sus poemas también aparecen en el Nº 29 (Verano 2008) de la Revista "el poeta y su trabajo", que dirige en México, el poeta Hugo Gola.
Actualmente colabora en el blog de la poeta Selva Dipasquale: poemasenlaselva, donde tiene un blog asociado: "La biblioteca de Marcelo Leites" ustedleepoesia2; en el que está publicando una selección de poesía universal.
Otras actividades: Actor, director y adaptador de numerosas obras de teatro estudiantil y vocacional, entre las que se menciona: Otelo y Hamlet de Shakespeare; El pan de la locura, de Carlos Gorostiza y El complejo de Filemón de Jean Bernard-Luc.

*Foto y datos tomados de "Autores de Concordia" (www.autoresdeconcordia.com.ar).