LOS DESVELOS DEL DOXÓGRAFO

La tradición doxográfica consistía en recopilar, de diversas maneras, las opiniones de terceros autores.
¿Es posible otra escritura?
En la historia, los nombres y las fechas son circunstanciales, mojones arbitrarios y consuelo de nuestras íntimas aspiraciones. Un nombre y una fecha no son más que una ilusión, que nos permite velarnos, espejarnos en el otro. Tal vez, para ocultar y evidenciar que no somos más que objetos tallados con la inmaterialidad de la palabra; objetos de sentido incierto, aunque a veces verosímil.
Somos hablados, decimos lo dicho. En el mejor de los casos armamos, con unas cuentas coloridas y los espejos que nos circundan, un universo de probabilidades imposible de explorar en una vida.
Sin embargo, hablamos. Nos hacemos a la mar en pos de Las Molucas demostrando que el encuentro, la metáfora, no es más que un accidente imprescindible.
La metáfora, multiplicadora de sentidos, siempre necesita del otro, que se los otorga. Se es dicho, bien o mal, pero se es dicho. Construcción colectiva, en la que el destino de cada letra que la forja ha extraviado la causalidad.
Somos meros vectores del lenguaje. Cada quien se las arregla, de alguna manera, con las voces que lo habitan. Todo otro ideal pareciera casi alucinado.

Jorge Pablo Yakoncick.







miércoles, 1 de marzo de 2017

Marcel Schwob: LA CRUZADA DE LOS NIÑOS



LA CRUZADA DE LOS NIÑOS

Marcel Schwob, 1885 (Chaville, Haust-de-Seine, 23 de agosto de 1867 - París, 26 de febrero de 1905).

Marcel Schwob

Prólogo: Jorge Luis Borges, Buenos Aires, 1949.


Si un viajero oriental -digamos, uno de los persas de Montesquieu- nos pidiera una prueba del genio literario de Francia, no sería inevitable recurrir a las obras de Montesquieu, o a los cien volúmenes de Voltaire. Nos bastaría repetir alguna palabra feliz (arc-en-ciel o el tremendo título de la historia de la primera cruzada: Gesta Dei per Francos, que significa Hazañas de Dios ejecutadas por medio de los franceses. Gesta Dei per Francos; no menos asombrosas que estas palabras fueron esas hazañas. En vano los perplejos historiadores han intentado explicaciones de tipo racional, de tipo social, de tipo económico, de tipo étnico; el hecho es que durante dos siglos la pasión de rescatar el santo sepulcro dominó a las naciones de Occidente, no sin maravilla, tal vez, de su propia razón. A fines del siglo XI, la voz de un ermitaño de Amiens -hombre de mezquina estatura, de aire insignificante (persona contemptibilis) y de ojos singularmente vivos- impulsa la primera cruzada; las cimitarras y las máquinas de Jalil, a fines del XIII, sellan en San Juan de Acre la octava.

Europa no emprende otra; la misteriosa y larga pasión ha tocado a su fin; Europa se distrae de recuperar el sepulcro de Cristo. Las cruzadas no fracasaron, dice Ernest Barker, simplemente cesaron. Del frenesí que congregó tan vastos ejércitos y planeó tan remotas operaciones, sólo quedaron unas pocas imágenes, que se reflejarían, siglos después, en los tristes y límpidos espejos de la Gerusalemme: altos jinetes revestidos de hierro, noches cargadas de leones, tierras de hechicería y de soledad. Más dolorosa es otra imagen de incontables niños perdidos.

A principios del siglo XIII, partieron de Alemania y de Francia dos expediciones de niños. Creían poder atravesar a pie enjuto los mares. ¿No los autorizaban y protegían las palabras del Evangelio Dejad que los niños vengan a mí, y no los impidáis (Lucas 18:16); no había declarado el Señor que basta la fe para mover una montaña (Mateo 17:20)? Esperanzados, ignorantes, felices, se encaminaron a los puertos del Sur. El previsto milagro no aconteció. Dios permitió que la columna francesa fuera secuestrada por traficantes de esclavos y vendida en Egipto; la alemana se perdió y desapareció, devorada por una bárbara geografía y (se conjetura) por pestilencias. Quo devenirent ignoratur. Dicen que un eco ha perdurado en la tradición del Gaitero de Hamelin.

En ciertos libros del Indostán se lee que el universo no es otra cosa que un sueño de la inmóvil divinidad que está indivisa en cada hombre; a fines del siglo XIX, Marcel Schwob - creador, actor y espectador de este sueño- trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos, en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron rescatar el sepulcro. No ensayó, estoy seguro, la ansiosa arqueología de Flaubert; prefirió saturarse de viejas páginas de Jacques de Vitry o de Ernoul y entregarse después a los ejercicios de imaginar y de elegir. Soñó así ser el papa, ser el goliardo, ser los tres niños, ser el clérigo. Aplicó a la tarea el método analítico de Robert Browning, cuyo largo poema narrativo The Ring and the Book (1868) nos revela a través de doce monólogos la intrincada historia de un crimen, desde el punto de vista del asesino, de su víctima, de los testigos, del abogado defensor, del fiscal, del juez, del mismo Robert Browning... Lalou (Littérature francaise contemporaine, 282) ha ponderado la "sobria precisión" con que Schwob refirió la "ingenua leyenda"; yo agregaría que esa precisión no la hace menos legendaria y menos patética. ¿No observó acaso Gibbon que lo patético suele surgir de las circunstancias menudas?


Por aquellos tiempos, niños sin guía ni señor, se precipitaron desde pueblos y ciudades de todas las regiones hacia comarcas que se encontraban más allá del mar. Y cuando se les preguntaba a dónde corrían, ellos respondían: "A Jerusalén, a recuperar Tierra Santa"... Todavía se ignora dónde fue que llegaron. Pero muchos volvieron sobre sus pasos y al interrogárseles sobre la causa del viaje respondieron que no sabían. También, por aquel entonces, mujeres desnudas que no decían nada pasaban corriendo por las ciudades y los pueblos...

Relato del Goliardo

Yo, pobre goliardo, clérigo miserable errabundo por los bosques y los caminos para mendigar, en nombre de Nuestro Señor, mi pan cotidiano, vi un espectáculo piadoso, y oí las palabras de los niñitos. Sé que mi vida no es muy santa, y que he cedido a las tentaciones bajo los tilos del camino. Los hermanos que me dan vino bien se dan cuenta de que estoy poco acostumbrado

a beber. Pero no pertenezco a la secta de los que mutilan. Hay mentecatos que les sacan los ojos a los pequeñuelos, les cortan las piernas y les atan las manos, con el objeto de exhibirlos y de implorar la caridad. He aquí por qué tengo miedo al ver todos estos niños. Sin duda, los defenderá Nuestro Señor. Hablo al acaso, porque estoy lleno de alegría. Río de la primavera

y de lo que vi. No es muy fuerte mi espíritu. Recibí la tonsura de clérigo a la edad de diez años, y he olvidado las palabras latinas. Soy semejante a la langosta: porque salto, aquí y allá, y zumbo, y a veces abro las alas de color, y mi cabeza menuda está transparente y vacía. Dicen que San Juan se alimentaba de langosta en el desierto. Sería necesario comer muchas. Pero San Juan de ningún modo era un hombre como nosotros.

Estoy lleno de adoración por San Juan, porque era vagabundo y decía palabras incoherentes. Me parece que debieron ser más suaves. Este año, también es suave la primavera. Nunca tuvo tantas flores pálidas y rosadas. Las praderas están lavadas recientemente. Por todas partes resplandece la sangre de Nuestro Señor en los setos. Nuestro Señor Jesús es color de azucena, pero su sangre es bermeja. ¿Por qué? No lo sé. Esto debe de estar en algún pergamino. Si yo hubiese sido experto en letras, tendría pergamino, y escribiría en él. De este modo comería muy bien todas las noches. Iría a los conventos a rogar por los hermanos muertos e inscribiría sus nombres en mi rollo. Transportaría mi rollo de los muertos, de una abadía a la otra. Es una cosa que agrada a nuestros hermanos. Pero ignoro los nombres de mis hermanos muertos. Puede ser que Nuestro Señor tampoco se cuide mucho de saberlos. Me pareció que todos estos niños no tenían nombres. Es seguro que los prefiere Nuestro Señor Jesús. Llenaban el camino como un enjambre de abejas blancas. No sé de dónde venían. Eran pequeños peregrinos. Tenían bordones de avellano y de álamo. Llevaban la cruz a la espalda; y todas estas cruces eran de innumerables colores. Las vi verdes, que debieron de estar hechas con hojas cosidas. Son niños salvajes e ignorantes. Vagan no sé hacia donde. Tienen fe en Jerusalén. Pienso que Jerusalén está lejos, y que Nuestro Señor debe estar más cerca de nosotros. No llegarán a Jerusalén. Pero Jerusalén llegará a ellos. Como a mí. El fin de todas las cosas santas radica en la alegría. Nuestro Señor está aquí, en esta espina enrojecida, y en mi boca, y en mi pobre palabra. Porque pienso en él y su sepulcro está en mi pensamiento. Amén. Me acostaré aquí bajo el sol. Es un sitio santo. Los pies de Nuestro Señor santificaron todos los lugares. Dormiré. Que Jesús haga dormir en la noche a todos estos niñitos blancos que llevan la cruz. En verdad, yo se lo digo. Tengo mucho sueño. Yo se lo digo, en verdad, porque tal vez él no los ha visto, y debe velar por los niñitos. La hora del mediodía pesa sobre mí. Todas las cosas son blancas. Así sea. Amén.



Relato del Leproso

Si deseáis comprender lo que quiero deciros, sabed que tengo la cabeza cubierta con un capuchón blanco y que agito una matraca de madera dura. Ya no sé cómo es mi rostro, pero tengo miedo de mis manos. Van ante mí como bestias escamosas y lívidas. Quisiera cortármelas. Tengo vergüenza de lo que tocan. Me parece que hacen desfallecer los frutos rojos que tomo; y creo que bajo ellas se marchitan las raíces que arranco. Domine ceterorum libera me! El Salvador no expió mi pálido pecado. Estoy olvidado hasta la resurrección. Como el sapo empotrado al frío de la luna en una piedra oscura, permaneceré encerrado en mi escoria odiosa cuando los otros se levanten con su cuerpo claro. Domine ceterorum fac me liberum: leprosus sum. Soy solitario y tengo horror. Sólo mis dientes han conservado su blancura natural. Los animales se asustan, y mi alma quisiera huir. El día se aparta de mí. Hace mil doscientos doce años que su Salvador los salvó, y no ha tenido piedad de mí. No fui tocado con la sangrienta lanza que lo atravesó. Tal vez la sangre del Señor de los otros me habría curado. Sueño a menudo con la sangre; podría morder con mis dientes; son blancos. Puesto que Él no ha querido dármelo, tengo avidez de tomar lo que le pertenece. He aquí por qué aceché a los niños que descendían del país de Vendome hacia esta selva del Loira. Tenían cruces y estaban sometidos a Él. Sus cuerpos eran Su cuerpo y Él no me ha hecho parte de su cuerpo. Me rodea en la tierra una condenación pálida. Aceché, para chupar en el cuello de uno de sus hijos, sangre inocente. Et caro nova fiet in die irae. El día del terror será mi nueva carne. Y tras de los otros caminaba un niño fresco de cabellos rojos. Lo vi; salté de improviso; le tomé la boca con mis manos espantosas. Sólo estaba vestido con una camisa ruda; tenía desnudos los pies y sus ojos permanecieron plácidos. Me contempló sin asombro. Entonces, sabiendo que no gritaría, tuve el deseo de escuchar todavía una voz humana y quité mis manos de su boca, y él no se la enjugó. Y sus ojos estaban en otra parte.

-¿Quién eres?, le dije.

-Johannes el Teutón, respondió. Y sus palabras eran límpidas y saludables.

-¿A dónde vas?, repliqué. Y él respondió:

-A Jerusalén, para conquistar la Tierra Santa.

Entonces me puse a reír, y le pregunté:

-¿Quién es tu Señor? Y él me dijo:

-No lo sé; es blanco.

Y esta palabra me llenó de furor, y abrí la boca bajo mi capuchón, y me incliné hacia su cuello fresco, y no retrocedió, y yo le dije:

-¿Por qué no tienes miedo de mí? Y él dijo:

-¿Por qué habría de tener miedo de ti, hombre blanco?

Entonces me inundaron grandes lágrimas, y me tendí en el suelo, y besé la tierra con mis labios terribles, y grité:

-¡Porque soy leproso! Y el niño teutón me contempló, y dijo límpidamente:

-No lo sé. ¡No tuvo miedo de mí! ¡No tuvo miedo de mí! Mi monstruosa blancura es semejante para él a la del Señor. Y tomé un puñado de hierba y enjugué su boca y sus manos. Y le dije.

-Ve en paz hacia tu Señor blanco, y dile que me ha olvidado.

Y el niño me miró sin decir nada. Lo acompañé fuera de lo negro de esta selva. Caminaba sin temblar. Vi desaparecer a lo lejos sus cabellos rojos en el sol. ¡Domine infantium, libera me! ¡Que el sonido de mi matraca de madera llegue hasta ti, como el puro sonido de las campanas! ¡Maestro de los que no saben, libértame!



Relato del Papa Inocencio III

Lejos del incienso y de las casullas, puedo muy fácilmente hablarle a Dios en esta cámara desdorada de mi palacio. Aquí es donde vengo a pensar en mi vejez, sin que me sostengan bajo los brazos. Durante la misa se eleva mi corazón y mi cuerpo se enerva; el cintilar del vino sagrado llena mis ojos, y mi pensamiento se lubrica con los aceites preciosos; pero en este lugar solitario de mi basílica, puedo inclinarme bajo mi fatiga terrestre. ¡Ecce homo! Porque de ningún modo el Señor debe escuchar verdaderamente la voz de sus sacerdotes a través de la pompa de los mandamientos y de las bulas; y sin duda ni la púrpura, ni las joyas, ni las pinturas le agradan; pero en esta pequeña celda acaso tenga piedad de mi imperfecto balbuceo. Señor, soy muy viejo, y heme aquí, vestido de blanco ante ti, y mi nombre es Inocencio, y tú sabes que no sé nada. Perdóname mi papado, porque fue instituido, y yo lo sufrí. No fui yo el que ordenó los honores. Me agrada más ver tu sol por esta ventana redonda que en los reflejos magníficos de mis vidrieras de colores. Déjame gemir como cualquier viejo y volver hacia ti este rostro pálido y arrugado que levanto penosamente por encima de las olas de la noche eterna. Los anillos se deslizan por mis dedos enflaquecidos, como se escapan los últimos días de mi vida.

¡Dios mío! soy tu vicario aquí, y hacia ti tiendo mi mano extenuada, llena del vino puro de tu fe. Hay grandes crímenes. Hay muy grandes crímenes. Podemos darles la absolución. Hay grandes herejías. Hay muy grandes herejías. Debemos castigar las implacablemente. A esta hora en que me arrodillo, blanco, en esta blanca celda desdorada, sufro una inmensa angustia, Señor, no sabiendo si los crímenes y las herejías son del pomposo dominio de mi papado o del pequeño círculo de luz en el cual un hombre viejo une sencillamente sus manos. Y también, me encuentro turbado en lo que se refiere a tu sepulcro. Siempre está rodeado de infieles. No se ha sabido recobrarlo. Nadie ha dirigido tu cruz hacia la Tierra Santa; estamos sumergidos en el entorpecimiento. Los caballeros han depuesto sus armas y los reyes no saben ya mandar. Y yo, Señor, me acuso y golpeo mi pecho: soy demasiado débil y demasiado viejo.

Sin embargo, Señor, escucha este balbuceo trémulo que asciende fuera de esta pequeña celda de mi basílica y aconséjame. Mis servidores me trajeron extrañas nuevas desde el país de Flandes y de Alemania hasta las ciudades de Marsella y Génova. Van a nacer sectas ignoradas. Se han visto correr por las ciudades mujeres desnudas que no hablan. Estas mudas impúdicas señalan el cielo. Varios locos han predicado la ruina en las plazas. Los ermitaños y los clérigos errantes murmuran. Y no sé por qué sortilegio más de siete mil niños fueron sacados de sus casas. Son siete mil en el camino y llevan la cruz y el bordón. No tienen nada que comer; no tienen armas ningunas; son ineptos y nos avergüenzan. Son ignorantes de toda verdadera religión. Mis servidores los han interrogado. Responden que van a Jerusalén para conquistar la Tierra Santa. Mis servidores les dijeron que no podrían atravesar el mar. Respondieron que el mar se separaría y se desecaría para dejarlos pasar. Los buenos padres, piadosos y sabios, se esforzaron por retenerlos. Rompieron durante la noche los cerrojos y franquearon las murallas. Es lamentable. Señor, todos estos inocentes serán entregados al naufragio y a los adoradores de Mahoma. Veo que el Sultán de Bagdad los acecha en su palacio. Tiemblo al pensar que los marineros se apoderen de sus cuerpos para venderlos.

Señor, permíteme que te hable según las fórmulas de la religión. Esta cruzada de los niños no es una obra piadosa. No podrá conquistar el Sepulcro para los cristianos. Aumenta el número de los vagabundos que caminan en el límite de la fe autorizada. Nuestros sacerdotes no pueden protegerla. Debemos creer que el Maligno posee a estas pobres criaturas. Van en rebaño hacia el precipicio como los cerdos en la montaña. El Maligno se apodera gustoso de los niños, Señor, como lo sabes. En otro tiempo, revistió el aspecto de un cazador de ratas para atraer con las notas de la música de su caramillo a los pequeñuelos de la ciudad de Hamelin. Unos dicen que estos infortunados se ahogaron en el río Waser; otros, que los encerró en el flanco de una montaña. Teme que Satán conduzca a todos nuestros niños a los suplicios de los que no tienen nuestra fe. Señor, sabes que no es bueno que se renueve la creencia. Tan pronto como apareció en la zarza ardiente, la hiciste encerrar en un tabernáculo. Y cuando se escapó de tus labios en el Gólgota, ordenaste que fuese encerrada en las píxides y las custodias. Estos pequeños profetas derrumbarán el edificio de tu Iglesia. Es necesario defenderla. ¿Es con menosprecio de tus consagrados, cómo usarán en tu servicio sus albas y sus estolas, cómo resistirán duramente a las tentaciones para vengarte, cómo recibirás a los que no saben lo que hacen? Debemos dejar que vayan hacia ti los pequeñuelos, pero por el camino de tu fe. Señor, te hablo según tus instituciones. Estos niños perecerán. No hagas que bajo Inocencio se renueve el asesinato de los inocentes.

Perdóname sin embargo, Dios mío, por haberte pedido consejo bajo la tierra. Se apodera de mí el temblor de la vejez. Mira mis pobres manos. Soy un hombre viejo. Mi fe no es ya la

de los pequeñuelos. El oro de las paredes de esta celda está gastado por el tiempo. Son blancas. El círculo de tu sol es blanco. Mi traje es blanco también, y mi corazón desecado es puro. Lo digo según tu regla. Hay crímenes. Hay muy grandes crímenes. Hay muy grandes herejías. Mi cabeza está vacilante de debilidad: tal vez no sea necesario ni castigar ni absolver. La vida pasada hace titubear nuestras resoluciones. No he visto ningún milagro. Ilumíname. ¿Esto es un milagro? ¿Qué signo le diste? ¿Han llegado los tiempos? ¿Quieres que un hombre muy viejo, como yo, sea semejante en su blancura a tus pequeñuelos cándidos? ¡Siete mil! Aunque su fe sea ignorante, ¿castigarás la ignorancia de siete mil inocentes? También yo soy Inocente. Señor, soy inocente como ellos. No me castigues en mi extrema vejez. Los largos años me enseñaron que este rebaño de niños no puede triunfar. Sin embargo, Señor, ¿es un milagro? Mi celda continúa apacible, como en otras meditaciones. Sé que no es necesario implorarte, para que te manifiestes; pero yo, desde lo alto de mi extrema vejez, desde lo alto de tu papado, te suplico. Instrúyeme, porque no sé. Señor, son tus pequeños inocentes. Y yo, Inocencio, no sé, no sé.



Relato de los Tres Pequeñuelos

Nosotros tres, Nicolás que no sabe hablar, Alain y Dionisio, salimos a los caminos para llegar a Jerusalén. Hace largo tiempo que vagamos. Voces ignotas nos llamaron en la noche. Llamaban a todos los pequeñuelos. Eran como las voces de los pájaros muertos durante el invierno. Y al principio vimos muchos pobres pájaros extendidos en la tierra helada, muchos pajaritos con el pecho rojo. Después vimos las primeras flores y las primeras hojas y tejimos cruces. Cantamos ante las aldeas, como acostumbrábamos hacerlo en el año nuevo. Y todos los niños corrían hacia nosotros. Y avanzamos como un rebaño. Hubo hombres que nos maldijeron, no conociendo al Señor. Hubo mujeres que nos retuvieron por los brazos y nos interrogaban cubriendo de besos nuestros rostros. Y también hubo almas buenas, que nos trajeron leche y frutas en escudillas de madera. Y todo el mundo tuvo piedad de nosotros. Porque no saben a dónde vamos y no han escuchado las voces.

En la tierra hay selvas espesas, y ríos, y montañas, y senderos llenos de zarzas. Y al fin de la tierra se encuentra el mar que pronto cruzaremos. Y al fin del mar se encuentra Jerusalén. No tenemos quien nos mande ni quien nos guíe. Pero todos los caminos son buenos. Aunque no sabe hablar, Nicolás camina como nosotros, Alain y Dionisio; y todas las tierras son parecidas, e igualmente peligrosas para los niños. Por doquiera hay selvas espesas, y ríos, y montañas, y espinos. Pero por todas partes las voces estarán con nosotros. Hay aquí un niño que se llama Eustaquio, y que nació con los ojos cerrados. Mantiene los brazos tendidos y sonríe. Nosotros no vemos más que él. Una pequeñuela lo conduce y le lleva su cruz. Se llama Allys. No habla nunca y no llora jamás; tiene fijos los ojos en los pies de Eustaquio, para sostenerlo en sus tropiezos. Todos los queremos a los dos. Eustaquio no podrá ver las santas lámparas del sepulcro. Pero Allys le tomará las manos para hacerle tocar las losas de la tumba.

¡Oh! qué bellas son las cosas de la tierra. No nos acordamos de nada, porque nada aprendimos nunca. Sin embargo, hemos visto árboles viejos y rocas rojas. Algunas veces atravesamos por largas tinieblas. Otras, caminamos hasta la noche por claras praderas. Hemos gritado el nombre de Jesús al oído de Nicolás, y él lo conoce bien. Pero no sabe pronunciarlo. Se regocija con nosotros de lo que vemos. Porque sus labios pueden abrirse para la alegría, y nos acaricia la espalda. Y de este modo no son desgraciados: porque Allys vela por Eustaquio y nosotros,

Alain y Dionisio, velamos por Nicolás.

Se nos dijo que encontraríamos en los bosques ogros y hechiceros. Estas son mentiras. Nadie nos ha espantado; nadie nos ha hecho daño. Los solitarios y los enfermos vienen a vernos, y las ancianas encienden luces para nosotros en las cabañas. Tocan por nosotros las campanas de las iglesias. Los campanarios se empinan desde los surcos para espiarnos. También nos miran los animales y no huyen. Y desde que caminamos, el sol se ha tornado más caliente, y no recogemos ya las mismas flores. Pero todos los tallos se pueden tejer en las mismas formas, y nuestras cruces son siempre frescas. De este modo tenemos grandes esperanzas, y pronto veremos el mar azul. Y al extremo del mar azul está Jerusalén. Y el Señor dejará llegar a su tumba a todos los pequeñuelos. Y las voces ignotas se tornarán alegres en la noche.



Relato de Francisco Longuejoue, Clérigo

Hoy, décimo quinto día del mes de septiembre, del año después de la encarnación de Nuestro Señor de mil docientos y doce, se llegaron a la oficina de mi señor Hugo Ferré muchos niños que solicitaban atravesar el mar para ir a ver el Santo Sepulcro. Y porque el dicho Ferré no tiene suficientes naves mercantes en el puerto de Marsella, me ha encomendado de requerir a maese Guillermo Porc, a fin de completar el número. Los patrones Hugo Ferré y Guillermo Porc conducirán las naves hasta Tierra Santa por el amor de Nuestro Señor J. C. Hay, al presente, esparcidos en torno de la ciudad de Marsella más de siete mil niños, algunos de los cuales hablan lenguas bárbaras. Mis señores los concejales, temiendo justamente la escasez, se han reunido en la casa de cabildos, donde previa deliberación, emplazaron a los dichos patrones a fin de exhortarlos y suplicarles que envíen las naves con gran diligencia. El mar no es al presente muy favorable a causa de los equinoccios; pero hay que considerar que tal afluencia pudiera ser peligrosa para nuestra buena ciudad, tanto más que estos niños están todos hambrientos por lo largo del camino y no saben lo que hacen. Mandé llamar a los marineros al puerto, y equipar las naves. A la hora de vísperas se podrá lanzarlas al agua. La multitud de niños no está en la ciudad, pero recorre la playa juntando conchas como recuerdos de viaje y han dicho que se asombran de las estrellas de mar y piensan que cayeron vivas del cielo a fin de indicarles el camino del Señor. Y de este acontecimiento extraordinario, he aquí lo que tengo que decir: primeramente, que es de desearse que los patrones Hugo Ferré y Guillermo Porc conduzcan prontamente fuera de nuestra ciudad esta turbulencia extranjera; segundo, que el invierno ha sido muy rudo, por lo que la tierra está pobre este año, lo que saben bastante mis señores los mercaderes; tercero, que no le avisaron a la Iglesia del deseo de esta horda que viene del Norte, y que no se mezclará en la locura de un ejército pueril (turba infantium). Y es conveniente alabar a los patrones Hugo Ferré y Guillermo Porc, tanto por el amor que experimentan hacia nuestra buena ciudad como por su sumisión a Nuestro Señor, enviando sus naves y convoyándolas por este tiempo de equinoccio, y con gran peligro de ser atacados por los infieles que surcan nuestro mar en sus falúas de Argelia y de Bujía.



Relato del Kalandar

¡Gloria a Dios! ¡Alabado sea el Profeta que me permitió ser pobre y vagar por las ciudades invocando al Señor! ¡Tres veces benditos sean los santos compañeros de Mohamed que instituyeron la orden divina a la que pertenezco! Porque soy semejante a él cuando él fue arrojado a pedradas de la ciudad infame que no deseo nombrar siquiera, y se refugió en una vida donde un esclavo cristiano tuvo piedad de él, y le dio uvas, y fue tocado por las palabras de la fe al declinar el día. ¡Dios es grande! Atravesé las ciudades de Mosul, y de Bagdad, y de Basora, y conocí a Sala-ed-Din (Dios tenga su alma) y al sultán su hermano Seif-ed-Din, y contemplé al Comendador de los Creyentes. Vivo muy bien con un poco de arroz que mendigo y con agua que vierten en mi calabazo.

Mantengo la pureza de mi cuerpo. Pero la pureza mayor reside en el alma. Está escrito que el Profeta, antes de su misión, cayó profundamente adormecido al suelo. Y dos hombres blancos descendieron a derecha e izquierda de su cuerpo permaneciendo allí. Y el hombre blanco de la izquierda le hendió el pecho con un cuchillo de oro, y sacó el corazón, del que exprimió la sangre negra. Y el hombre blanco de la derecha le hendió el vientre con un cuchillo de oro, y sacó las vísceras que purificó. Y colocaron las entrañas en su sitio, y desde entonces fue puro el Profeta para anunciar la fe. Esta es una pureza sobrehumana que pertenece principalmente a los seres angélicos. Sin embargo los niños también son puros. Tal fue la pureza que deseó engendrar la adivinadora cuando percibió el halo en torno de la cabeza del padre de Mohamed y quiso unirse a él. Pero el padre del Profeta se unió a su mujer Aminah, y el halo desapareció de su frente, y la adivinadora conoció así que Aminah acababa de concebir un ser puro. ¡Gloria a Dios que purifica! Aquí, bajo el pórtico de este bazar, puedo descansar, y saludaré a los que pasan. Hay ricos mercaderes de telas y de joyas que se mantienen en cuclillas. He aquí un caftán que bien vale mil dinares. Yo, no tengo necesidad de dinero y soy libre como un perro. ¡Gloria a Dios! Recuerdo, ahora que estoy a la sombra, el principio de mi discurso. Primeramente, hablo de Dios, fuera del cual no hay Dios, y de nuestro santo Profeta, que reveló la fe, porque es el origen de todos los pensamientos, ya sea que salgan de la boca, o que hayan sido trazados con ayuda del cálamo. En segundo lugar, considero la pureza de que Dios dotó a los santos y a los ángeles. En tercer lugar, reflexiono en la pureza de los niños. En efecto, acabo de ver un gran número de niños cristianos que fueron comprados por el Comendador de los Creyentes. Los vi por la carretera. Caminaban como un rebaño de carneros. Se dice que vienen del país de Egipto, y que los navíos de los Francos los desembarcaron ahí. Satán los poseía e intentaron atravesar el mar para ir a Jerusalén. ¡Gloria a Dios! No fue permitido que se realizara semejante crueldad. Porque estos pobres niños habrían muerto en el camino, sin ayuda ni víveres. Son por completo inocentes. Y a su vista me arrojé a tierra, y golpeé el suelo con mi frente alabando al Señor en voz alta. He aquí sin embargo cuál era el continente de estos niños. Estaban vestidos de blanco, llevaban cruces cosidas sobre sus vestidos. Parecían ignorar dónde se encontraban, y no demostraban aflicción. Mantenían los ojos constantemente dirigidos a lo lejos. Noté que uno de ellos era ciego y que una pequeñuela lo conducía de la mano. Muchos tienen cabellos rojos y verdes pupilas. Son Francos que pertenecen al emperador de Roma. Adoran falsamente al Profeta Jesús. El error de estos Francos es manifiesto. Desde luego está probado, por los libros y milagros, que no hay otra palabra que la de Mohamed. En seguida, Dios nos permita glorificarlo diariamente, y buscar nuestra vida, y ordena a sus fieles que protejan nuestra orden. Por último, ha rehusado la clarividencia a los niños que partieron de un país lejano, tentados por Iblis, y él no se ha manifestado para advertírselos. Y si ellos no hubiesen caído felizmente en las manos de los creyentes, habrían sido apresados por los Adoradores del Fuego y encadenados en cuevas profundas. Y estos malditos los habrían ofrecido en sacrificio a su ídolo devorador y odioso. ¡Alabado sea nuestro Dios que hace bien todo lo que hace y que protege aun a los que no lo confiesan! ¡Dios es grande! Iré ahora a pedir mi parte de arroz en la tienda de este orfebre, y a proclamar mi menosprecio por las riquezas. Si le place a Dios, todos estos niños serán salvos por la fe.



Relato de la Pequeña Allys

Ya no puedo caminar bien, porque estamos en un país ardiente, donde los hombres mentecatos de Marsella nos trajeron. Y al principio fuimos sacudidos sobre el mar en un día negro, en medio de los fuegos del cielo. Pero mi pequeño Eustaquio no sintió miedo porque no vio nada y yo le tenía las dos manos. Lo quiero mucho, y vine aquí a causa de él. Porque no sé a dónde vamos. Hace largo tiempo que partimos. Los otros nos hablaban de la ciudad de Jerusalén, que está al extremo del mar, y de Nuestro Señor que estará ahí para recibirnos. Y Eustaquio conocía bien a Nuestro Señor Jesús; pero no sabía lo que es Jerusalén, ni una ciudad, ni la mar. Huyó por obedecer a las voces y las escuchaba todas las noches. Las escuchaba en la noche a causa del silencio, porque no distingue la noche del día. Y me interrogaba acerca de estas voces, pero nada podía decirle. No sé nada, y tengo pena solamente a causa de Eustaquio. Caminamos cerca de Nicolás, y de Alain, y de Dionisio; pero ellos subieron a otro navío, y no todos los navíos estaban allí cuando apareció de nuevo el sol. ¡Ay! ¿Qué les pasaría? Los encontraremos cuando lleguemos cerca de Nuestro Señor. Está muy lejos todavía. Se habla de un gran rey que nos hace venir, y que tiene en su poder la ciudad de Jerusalén. En esta comarca todo es blanco, las casas y los vestidos, y el rostro de las mujeres está cubierto con un velo. El pobre Eustaquio no puede ver esta blancura, pero le hablo de ella y se regocija. Porque dice que es la señal del fin. El Señor Jesús es blanco. La pequeña Allys está muy cansada; pero tiene a Eustaquio de la mano, para que no caiga, y no le queda tiempo de pensar en su fatiga. Descansaremos esta noche, y Allys dormirá, como de costumbre, cerca de Eustaquio, y si no nos han abandonado las voces, tratará de oírlas en la noche clara. Y tendrá de la mano a Eustaquio hasta el fin blanco del gran viaje, porque es necesario que ella le muestre al Señor. Y seguramente el Señor tendrá piedad de la paciencia de Eustaquio, y permitirá que Eustaquio lo vea. Y tal vez entonces Eustaquio verá a la pequeña Allys.



Relato del Papa Gregorio IX

He aquí el mar devorador que parece inocente y azul. Sus pliegues son suaves y está orlado de blanco, como un ropaje divino. Es un cielo líquido y están vivos sus astros. Medito sobre él, desde este trono de rocas al que me hice traer en mi litera. Está realmente en medio de las tierras de la cristiandad. Recibe el agua sagrada donde el Anunciador lavó el pecado. En sus orillas se inclinaron todos los rostros santos, y balanceó sus imágenes transparentes. Grande ungido misterioso, que no tienes ni flujo ni reflujo, canción arrulladora de azul, engastada en el anillo terrestre como una joya fluida, te interrogo con mis ojos. ¡Oh mar Mediterráneo, devuélveme a mis niños! ¿Por qué los apresaste?

No los conocí. No fue acariciada mi vejez por sus frescos alientos. No vinieron a suplicarme con sus tiernas bocas entreabiertas. Solos, como pequeños vagabundos, llenos de una fe ciega y furiosa, se aventuraron hacia la tierra prometida y fueron aniquilados. De Alemania y de Flandes, y de Francia y de Saboya y de Lombardía, vinieron hacia tus olas pérfidas, mar santo, murmurando palabras confusas de adoración. Fueron hasta la ciudad de Marsella; fueron hasta la ciudad de Génova. Y los llevaste en naves sobre tu ancho dorso encrespado de espuma; y volviste y alargaste hacia ellos tus brazos glaucos, y los has sepultado. Y a los demás, los traicionaste, llevándolos hacia los infieles; y ahora suspiran en los palacios de Oriente, cautivos de los adoradores de Mahoma.

En otro tiempo, un orgulloso rey de Asia te hizo golpear con vergas y te cargó de cadenas. ¡Oh mar Mediterráneo! ¿Quién te perdonará? Eres tristemente culpable. A ti es al que acuso, a ti sólo, falsamente límpido y claro, mal espejo del cielo; te emplazo para ante el trono del Altísimo, del que dependen todas las cosas creadas. Mar consagrado, ¿qué has hecho de nuestros niños? Levanta hacia El tus dedos trémulos de burbujas; agita tu innumerable risa purpúrea; haz hablar a tu murmurio, y dale cuenta a Él.

Mudo por todas tus bocas blancas que vienen a morir a mis pies sobre la playa, guardas silencio. Hay en mi palacio de Roma una antigua celda desdorada, que el tiempo hizo cándida como una alba. El pontífice Inocencio acostumbraba retraerse allí. Se pretende que meditó largo tiempo sobre los niños y sobre su fe, y que pidió una señal al Señor. Aquí, desde lo alto de este trono de rocas, en medio del aire libre, declaro que este pontífice Inocencio tenía también una fe de niño, y que sacudió en vano sus cabellos blancos. Soy mucho más viejo que Inocencio; soy el más viejo de todos los vicarios que el Señor puso en la tierra, y apenas comienzo a comprender. Dios no se manifiesta de ningún modo. ¿Asistió acaso a su hijo en el Monte de los Olivos? ¿No lo abandonó en su angustia suprema? ¡Oh locura pueril la de invocar su ayuda! Todo mal y toda prueba residen en nosotros. Tiene perfecta confianza en la obra creada por sus manos. Y tú traicionaste su confianza. Mar divino, que no te asombre mi lenguaje. Todas las cosas son iguales ante el Señor. La soberbia razón de los hombres no vale más en el valor del infinito que los ojillos radiados de uno de tus peces. Dios con cede la misma parte al grano de arena y al emperador. El oro madura en la mina tan impecablemente como el monje reflexiona en el monasterio. Las partes del mundo son tan culpables unas como otras, cuando no siguen las líneas de la bondad; porque proceden de Él. No hay a sus ojos piedras, ni plantas, ni animales, ni nombres, sino creaciones. Veo todas estas cabezas blanquecinas que saltan por encima de tus olas, y que se funden en tu agua; sólo un segundo se doran bajo la luz del sol, y pueden ser condenadas o elegidas. La extrema vejez instruye al orgullo e ilumina a la religión. Tengo tanta piedad por esta pequeña concha de nácar como por mí mismo.

He aquí por qué te acuso, mar devorador, que sepultaste a mis pequeñuelos. Acuérdate del rey asiático por quien fuiste castigado. Pero éste no fue un rey centenario. Los años no lo habían enseñado bastante. No podía comprender las cosas del Universo. Yo no te castigaré. Porque mi queja y tu murmullo vendrían a morir al mismo tiempo a los pies del Altísimo, como el rumor de tus aguas viene a morir a mis plantas. ¡Oh mar Mediterráneo! te perdono y te absuelvo. Te doy la muy santa absolución. Ve y no peques ya. Soy culpable como tú de faltas que no conozco. Tú te confiesas incesantemente sobre la playa por tus mil labios dolientes, y yo me confieso contigo, gran mar sagrado, por mis labios marchitos. Uno al otro nos confesamos. Absuélveme y yo te absuelvo. Tornemos a la ignorancia y al candor. Así sea. ¿Qué haré sobre la tierra? Habrá un monumento expiatorio, un monumento para la fe ignorante. Las edades que vengan deben conocer nuestra piedad, y no desesperar. Dios condujo hacia El a los niños cruzados, por el santo pecado del mar; los inocentes fueron asesinados; los cuerpos de los inocentes tendrán un asilo. Siete naves se hundieron en el arrecife de Reclus; yo construiré en esta isla una iglesia de los Nuevos Inocentes y estableceré doce prebendados. Y tú me devolverás los cuerpos de mis niños, mar inocente y constarás en las playas de la isla; y los prebendados los colocarán en las criptas del templo; y encenderán, encima, eternas lámparas donde arderán óleos santos, y mostrarán a los viajeros piadosos todos estos huesecillos blancos esparcidos en la noche.

domingo, 26 de octubre de 2014

THOMAS HOBBES y el lenguaje (1651)

Hobbes, Thomas, "Del Lenguaje", Cap. IV, Leviatán t. I, Losada. Bs. As., 2004



“La invención de la imprenta, aunque ingeniosa, no es gran cosa comparada con la invención de las letras. Pero no sabemos quién fue el primero en iniciar el uso de las letras. Los hombres dicen que Cadmo, hijo de Agenor, rey de Fenicia, fue quien las trajo por vez primera a Grecia. Fue una invención beneficiosa para mantener la memoria del tiempo pasado y la vinculación de la humanidad, dispersada en tantas y tan distintas regiones de la tierra, y nada sencilla, pues procede de una cuidadosa observación de los diversos movimientos de la lengua, el paladar, los labios y otros órganos del lenguaje; todo ello con el fin de hacer el mayor número de diferencias entre caracteres, para recordarlos. Pero la más noble y beneficiosa invención de todas fue el LENGUAJE, que consiste en nombres o apelaciones y en su conexión, mediante las cuales, los hombres registran sus pensamientos, los recuerdan cuando han pasado y se los declaran también unos a otros para utilidad mutua y conversación, sin lo cual no habría existido entre los hombres ni república, ni sociedad, ni contrato, ni paz ni ninguna cosa que no esté presente entre los leones, osos y lobos. El primer autor del lenguaje fue el propio Dios, que instruyó a Adán en la denominación de las criaturas por él presentadas a su vista, aunque la Escritura no dice más de este asunto. Pero fue suficiente para llevarle a añadir más nombres a medida que iba dándole ocasión la experiencia y el uso de las criaturas, y para unirlas gradualmente a fin de hacerse comprender, y así, con el paso del tiempo, fue consiguiendo el hombre tanto lenguaje como cosas a designar, aunque no tan copioso como el requerido para un orador o un filósofo. Porque nada encuentro en la Escritura a partir de lo cual deducir directa o indirectamente que Adán recibió de Dios los nombres de todas las figuras, números, medidas, colores, sonidos, fantasías y acciones, y mucho menos los nombres de palabras y del lenguaje, como general, especial, afirmativo, negativo, optativo, infinitivo, todos los cuales son útiles; y menos aún los nombres de entidad, intencionalidad, quiddidad y otras palabras sin sentido de la Escolástica.
Pero todo este lenguaje conseguido y aumentado por Adán y su posteridad se perdió de nuevo en la torre de Babel, cuando por la mano de Dios todo hombre fue castigado por su rebelión con un olvido de su lengua anterior. Y viéndose así forzados a dispersarse por las diversas partes del mundo, es necesario que la actual diversidad de lenguas proceda gradualmente de ellas, teniendo a la necesidad (madre de todas las invenciones) como maestra; y con el trascurso del tiempo esta diversidad se hizo en todas partes copiosa.
El uso general de la palabra consiste en transformar nuestro discurso mental en discurso verbal, o la secuencia de nuestros pensamientos en una secuencia de palabras, y esto para cumplir con dos finalidades. Una de ellas es registrar la consecuencia de nuestros pensamientos que, propensos a deslizarse fuera de la memoria y forzados a un nuevo trabajo, pueden así recordarse otra vez gracias a las palabras con las cuales se troquelaron. De este modo, el primer uso de los nombres es servir como marcas o notas de rememoración. La segunda finalidad de la palabra consiste, cuando muchos utilizan las mismas, en indicar (por su conexión y orden) los que unos y otros conciben o piensan de cada asunto, y también lo que desean, temen o es objeto de alguna otra pasión suya. Y para este uso los nombres se denominan signos. Hay los siguientes usos especiales del lenguaje: primero, registrar aquello que por pensamiento descubrimos como causa de alguna cosa presente o pasada, y aquello que a cosas presentes o pasadas pueden producir o efectuar, lo cual es, en suma, adquisición de artes; en segundo lugar, mostrar a otros el conocimiento por nosotros alcanzado, cosa que implica aconsejar y enseñar un hombre a otro; en tercer lugar, expresar a otros nuestras voliciones y propósitos para poder gozar de ayuda mutua; en cuarto lugar, satisfacernos y deleitarnos a nosotros mismos y a otros jugando con nuestras palabras inocentemente, por placer o por ornamento.
A estos usos corresponde también cuatro abusos. En primer lugar, cuando los hombres registran mal sus pensamientos debido a una inconstancia en la significación de sus palabras, con lo cual se engañan registrando como concepciones lo que nunca concibieron. Segundo, cuando usan metafóricamente las palabras, esto es, en un sentido distinto de aquel para el que fueron ordenadas, y con ello engañan a otros. Tercero, cuando declaran mediante palabras una voluntad que no es la suya. Cuarto, cuando las utilizan para agraviarse los unos a los otros; la naturaleza a armado a algunas criaturas vivas con dientes, a otras con cuernos y a otras incluso todavía con manos para atacar a un enemigo, pero es un abuso del lenguaje atacar con la lengua a quien no estamos obligados a gobernar, pues, en ese caso específico no es agraviar, sino corregir y enmendar.
El modo en que el lenguaje sirve para rememorar la consecuencia de causas y efectos consiste en la imposición de nombres, y en su conexión.
Entre los nombres, algunos son propios y singulares para una exclusiva cosa; tal sucede con Pedro, Juan, este hombre, este árbol. Y otros son comunes a muchas cosas, como hombre, caballo, árbol, que, siendo sólo un nombre designan a pesar de ello diversas cosas particulares, respecto de cuyo conjunto se denomina universal; en el mundo universal no hay nada excepto nombres, porque las cosas nombradas son todas ella individuales y singulares.
Se impone un nombre universal a muchas cosas por su semejanza en alguna cualidad o en algún accidente. Y mientras un nombre propio trae a la mente exclusivamente una cosa, los universales indica cualquiera de esas muchas.
Y de los nombres universales algunos tienen una extensión mayor y otros una extensión menor; los mayores comprenden a los menores y algunos de extensión igual se comprenden unos a otros recíprocamente. Así, por ejemplo, el nombre cuerpo tiene un significado más amplio que la palabra hombre y la comprende, y los nombres hombre y racional tienen igual extensión, comprendiéndose mutuamente uno al otro. Pero aquí debemos tener en cuenta que con la palabra nombre no siempre se entiende una palabra exclusivamente, como sucede en la gramática, sino a veces y por circunloquio,  muchas palabras juntas. Porque todas las palabras siguientes: quien en sus acciones observe las leyes de su país sólo forman un nombre, equivalente a esta sola palabra: justo.
Gracias a esta imposición de nombres, de significación estricta unos y amplia otros, transformamos el reconocimiento de las consecuencias de cosas imaginadas en la mente en un reconocimiento de las consecuencias de las apelaciones. Por ejemplo, si un hombre no domina el lenguaje en absoluto (como sucede con los sordomudos de nacimiento) y pone ante sus ojos un triángulo y junto a él dos ángulos rectos (como son las esquinas de una figura cuadrada), puede por meditación comparar y descubrir que los tres ángulos de ese triángulo son iguales a los dos ángulos rectos situados junto a él. Pero si se le muestra otro triángulo distinto en forma al anterior, ya no podrá saber sin un nuevo esfuerzo si también sus tres ángulos equivaldrán a lo mismo. Pero quien tiene el dominio de las palabras, observando que dicha igualdad no correspondía a la longitud de los lados ni a ninguna otra cosa particular del triángulo (sino exclusivamente a que los lados eran líneas rectas y los ángulos tres, y que solo por eso lo denominaba un triángulo), deducirá universalmente con toda audacia que dicha igualdad de ángulos aparece en todos los triángulos; y registrará su invención en estos términos generales: todo triángulo tiene sus tres ángulos iguales a dos ángulos rectos. Y, así, la consecuencia encontrada en un caso particular se registra y recuerda como una regla universal; nos exime del cálculo mental de tiempo y lugar, nos ahorra todo esfuerzo de la mente posterior al primero, y hace que lo descubierto como verdad aquí y ahora sea cierto en todos los tiempo y lugares.
Pero el uso de palabras para registrar nuestros pensamientos no es en parte alguna más evidente que en la numeración. Un idiota de nacimiento incapaz de retener en la memoria el orden de términos numéricos como uno, dos y tres, puede observar cada campanada del reloj y asentir a ella, o decir una, una, una, pero jamás sabrá qué hora está marcando. Y, según parece, hubo un tiempo en que esos nombres numerales no estaban en uso; los hombres se veían forzados a utilizar los dedos de una u ambas manos para las cosas que deseaban contar; y de ello procede que actualmente nuestros términos numerales sean sólo diez en casi todas las naciones, y sólo cinco en algunas, comenzando de nuevo a partir de entonces. Y quien puede contar hasta diez, si recita los números sin orden se perderá y no sabrá a qué atenerse; mucho menos será capaz de sumar, restar y realizar todas las demás operaciones de la aritmética. Por lo mismo, sin palabras no hay posibilidad de calcular los números; mucho menos las magnitudes, la velocidad, la fuerza y otras cosas cuyo cálculo es necesario para el estar o bienestar de la humanidad.
Cuando dos hombres se vinculan en una consecuencia o afirmación como, por ejemplo, el hombre es una criatura viviente o si es un hombre, es una criatura viviente, si el último nombre (criatura viviente) significa todo cuanto significa el nombre anterior (hombre) la afirmación o consecuencia es verdadera; en otro caso es falsa. Porque verdad y falsedad son atributos del lenguaje, no de las cosas. Y donde no hay lenguaje no hay tampoco verdad ni falsedad. Puede haber error, como cuando esperamos lo que no se produce o sospechamos lo que no ha existido, pero en ninguno de los casos puede imputarse a un hombre la no verdad.
Viendo entonces que la verdad consiste en el orden correcto de los nombres en nuestras afirmaciones, quien busque una verdad precisa necesita recordar aquello a lo que se refiere cada uno de los nombres utilizados, y situarlo de acuerdo con ello; en caso contrario, se verá enzarzado en una maraña de palabras como el pájaro en un cepo, y cuánto más luche más atrapado se verá. Por eso en la geometría (única ciencia que Dios se ha complacido en donar a la humanidad), los hombres empiezan estableciendo los significados de sus palabras, significados que llaman definiciones, y situándolos al comienzo de su investigación.
Esto pone de relieve cuán necesario es para quien aspire a un verdadero conocimiento examinar las definiciones de autores precedentes, o bien corregirlas allí donde han sido expuestas negligentemente o bien darlas él mismo. Porque los errores en las definiciones se multiplican a medida que avanza la investigación, y esto conduce a los hombres a absurdos que acaban viendo, pero que no pueden evitar sin investigarlo todo de nuevo desde el comienzo, hasta descubrir el punto donde se encuentra la base de sus errores. De lo cual resulta que quienes confían en los libros hacen como quienes acumulan muchas sumas pequeñas en una mayor sin pararse a considerar si esas sumas pequeñas estaban correctamente hechas o no, y cuando al fin descubren el error visible, sin dejar de confiar en sus primeros fundamentos, no saben cómo lograr una aclaración y gastan el tiempo en revolotear sobre sus libros, como pájaros que, entrando por la chimenea y hallándose encerrados en un cuarto, revolotean ante la falsa luz de una ventana con cristal por faltarles el ingenio necesario para tener en cuenta cómo entraron. Por lo mismo, el primer uso del lenguaje reside en la definición correcta de los nombres, que es la adquisición de la ciencia. Y en las definiciones erróneas o en su falta reside el primer abuso, del que proceden todos los principios falsos y sin sentido; lo cual hace que quienes obtienen su instrucción de la autoridad de los libros, y no de su propia meditación, estén tanto más por debajo del estado de los hombres ignorantes como por encima de él se encuentran los hombres dotados de verdadera ciencia. Porque la ignorancia está situada entre la verdadera ciencia y las doctrinas erróneas. El sentido y la imaginación natural no están sujetos al absurdo. La propia naturaleza no puede errar, y a medida que los hombres van teniendo un lenguaje más amplio van también haciéndose más sabios o más locos que de costumbre. Tampoco es posible que sin las letras un hombre llegue a ser excelentemente sabio o excelentemente estúpido (salvo que su memoria sea dañada por la enfermedad o por una mala constitución orgánica). Porque las palabras son instrumentos de medida para los hombres sabios, que no hacen sino calcular por su medio. Pero también son el dinero de los estúpidos, que las valoran por la autoridad de un Aristóteles, un Cicerón, un Tomás o cualquier otro doctor, simplemente humano.
Sujeto a nombres es todo cuanto puede entrar o ser considerado en un recuento y ser añadido uno a otro para formar una suma, o substraído uno de otro, dejando un resto. Los latinos daban a las cuentas de dinero el nombre de Rationes y al hecho de contar Ratiocinatio, y a lo que llamamos partidas en facturas o libros de contabilidad ellos lo llamaban Nomina es decir, nombres. Y de ellos parece haber procedido la extensión de la palabra Ratio a la facultad de calcular en todas las demás cosas. Los griegos tienen una sola palabra, Logos, para palabra y razón; no porque pensaran que sin razón no había lenguaje, sino porque sin lenguaje no hay posibilidad de razonar. Y al acto de razonar lo llamaron silogismo, lo cual significa acumular las consecuencias de un dicho a otro. Y porque las mismas cosas pueden dar cuenta de los mismos accidentes, sus nombres se tuercen y diversifican variadamente (para mostrar esa diversidad). Esta diversidad de nombres puede reducirse a cuatro grupos generales.
En primer lugar, una cosa puede tomarse en cuenta como materia o cuerpo; como materia o cuerpo; como viviente, sensible, racional, caliente, frío, movido, quieto; con todos esos nombres se comprende la palabra materia, o cuerpo, pues todos ellos son nombres de materia.
En segundo lugar, puede tomarse en cuenta o considerarse algún accidente o cualidad que concebimos presente allí (como ser movido, durar tanto, estar caliente, etc.), y entonces, con un pequeño cambio o torcimiento del nombre de la propia cosa, conseguimos un nombre para ese accidente que consideramos. Para viviente se dice vida; para movido, movimiento; para caliente, calor; para largo, longitud, y así sucesivamente. Y todos esos nombres son los nombres de accidentes y propiedades mediante los cuales una materia o cuerpo se distingue de otro. Estos nombres no se denominan abstractos porque estén separados de la materia, sino por estarlo de su descripción.
En tercer lugar, describimos las propiedades de nuestros propios cuerpos, mediante los cuales hacemos tal distinción. Como cuando algo es visto por nosotros y no reconocemos la propia cosa, sino la visión, el color, su idea en la fantasía. O cuando algo es escuchado y no reconocemos la cosa misma, sino la audición o el sonido exclusivamente, que es nuestra fantasía o concepción de ello mediante el oído. Y esos son nombres de fantasías.
En cuarto lugar, describimos, consideramos y nombramos a los nombres mismos, y a los de lenguajes. Porque general, universal, especial, equívoco, son nombres de nombres. Y afirmación, interrogación, mandamiento, narración, silogismo, sermón, oración y muchos otros términos semejantes son nombres de lenguajes. Y esta es toda la variedad de nombres positivos, que se utilizan para marcar algo que está en la naturaleza o puede ser inventado por la mente del hombre, como los cuerpos que existen o pueden concebirse existiendo, o cuerpos cuyas propiedades existen o pueden considerarse existentes, o palabras y lenguaje.
Hay también otros nombres llamados negativos, y son rasgos para significar que una palabra no es el nombre de la cosa en cuestión, como son las palabras nada, ninguno, infinito, indecible y semejantes que, sin embargo, son de utilidad la observación o para corregir la observación, así como para llamar a la mente nuestros pensamientos pasados, aunque no sean nombres de cosa alguna, porque hacen que nos rehusemos a admitir nombres usados incorrectamente.
Todas las demás palabras son sonidos carentes de significación y pertenecen a dos tipos. Uno corresponde a los términos cuando son nuevos y su significado y sentido no ha sido aún explicado mediante definición; muchas palabras de este tipo han sido acuñadas por escolásticos y filósofos aturdidos.
El otro tipo deriva de cuando los hombres hacen un nombre con dos nombres cuyas significaciones son contradictorias e inconsistentes. Como sucede, por ejemplo, cuerpo incorpóreo o (cosa idéntica) substancia incorpórea, y otras muchas expresiones. Porque siendo falsa cualquier afirmación, los dos nombres de que se compone, agrupados y unificados, nada significan. Por ejemplo, si es falsa la afirmación de que un cuadrado es redondo, la palabra cuadrado redondo nada significa, sino un mero ruido. Del mismo modo, si es falso decir que la virtud puede ser derramada o, las palabras virtud derramada y virtud insufladas son tan absurdas y sin significación como un cuadrado redondo. Y, en consecuencia, difícilmente nos encontremos con una palabra sin sentido y sin significación que no esté construida sobre nombres latinos o griegos. Un francés rara vez oye hablar a su Salvador por el nombre de Parole, pero a menudo oye su invocación por el nombre de Verbe, y, con todo, Verbe y Parole sólo difieren en que una palabra es latina y otra francesa.
Cuando al escuchar cualquier lenguaje un hombre posee aquellos pensamientos para los cuales las palabras de ese lenguaje y su conexión se ordenaron y constituyeron con vistas a significar, entences se dice que lo comprende. La comprensión no es sino la concepción causada por el lenguaje. Y, en consecuencia, si el lenguaje es peculiar al hombre (como creo), la comprensión le es peculiar también. Y, por lo mismo, no puede haber comprensión de afirmaciones absurdas y falsas, en caso de que sean universales, aunque muchos piensen que comprenden entonces, cuando no hacen sino repetir las palabras por lo bajo o retenerlas en su mente.
Cuando haya hablado de las pasiones hablaré de los tipos de lenguajes implicados en los apetitos, aversiones y pasiones de la mente humana, y de su uso y abuso.
Los nombres de las cosas que nos afectan, es decir, que nos placen e incomodan, tienen en los discursos habituales de los hombres una significación inconstante, porque no todos los hombres se ven igualmente afectados por la misma cosa, y ni siquiera un mismo hombre en todo momento. Viendo que todos los nombres se imponen para expresar nuestras concepciones, y que todos nuestros afectos no son sino concepciones, cuando concebimos las mismas cosas de modo diferente nos es difícil evitar una diferente designación para ellas. Pues aunque la naturaleza de lo que concebimos sea idéntica, la diversidad de recepción motivada por diferentes constituciones corporales y prejuicios de opinión, proporciona a todo el tinte de nuestras distintas pasiones. Y, en consecuencia, a la hora de razonar un hombre debe ser cauteloso con las palabras, pues además de significar lo imaginado por los otros sobre su naturaleza, las palabras tienen también el significado de la naturaleza, disposición e interés del hablante. Tal sucede con los nombre de las virtudes y vicios, pues un hombre llama sabiduría a lo que otro llama miedo, y uno crueldad a lo que otro llama justicia; uno prodigalidad a lo que otro magnanimidad, y uno seriedad a lo que otro estupidez, etc. Y, en consecuencia, tales nombres nunca pueden ser verdaderos fundamentos de ningún raciocinio. Tampoco pueden serlo las metáforas y tropos del lenguaje, pero estos son menos peligrosos, porque profesan su inconstancia, cosa que los otros no".